sábado, 29 de marzo de 2014

El cuchillo

(Esta escena fue extraída de la novela que estoy escribiendo "Nunca podrás volver")

Martina caminó con paso decidido hasta un bar que había a la vuelta de la esquina. Era uno de los miles de bares que hay en Madrid, de esos que huelen a gambas a la plancha y tienen el suelo perpetuamente cubierto de serrín, servilletas de papel y palillos de dientes. Marina se sentó en un taburete en la barra y pidió dos cañas, sin siquiera preguntarle lo que quería. Elena se sentó a su lado, mirando incómoda a su alrededor. Había varios hombres maduros y una pareja de mediana edad. Un chico joven destruía marcianitos con saña en un videojuego, con un molesto zumbido de láseres y explosiones de granadas espaciales. Menos él, todos parecían mirarlas y desviar la mirada en el último momento cuando los escudriñaba. Martina la miraba a ella con aire tranquilo.
-Se te nota algo nerviosa, princesa. ¿Qué pasa, no vas mucho de bares?
-¡Oh sí, muchas veces! … No, lo que pasa es que no sé qué hacemos aquí.
-¿Quieres volver a la reunión?
-No… Creo que hicimos bien en salirnos.
-Sí, estaba a punto de organizarse una buena. No sé si te diste cuenta, pero todas empezaban a mirarte con cara de jabalí.
Elena soltó una risita.
-Creo que ya me miraban así desde el principio.
-Es que no están acostumbradas a ver a princesitas como tú en esas reuniones.
-Te estás pasando un poco con lo de llamarme princesa.
-Pero te gusta que te lo diga, ¿a que sí?
-¿Cómo lo sabes?
-Se te nota.
-¿Qué pasa, que estás intentando ligar conmigo? Soy una mujer casada, ya sabes.
Martina le cogió la barbilla y al miró a los ojos.
-Vas a tener que decidirte, princesa. ¿Qué quieres ser, una señora casada o una lesbiana sadomasoquista?
Elena sacudió la cabeza para desprenderse de ella.
-Una lesbiana sadomasoquista -dijo mirando a Martina con lo que quería ser una expresión insolente.
-¡Pues entonces no me vengas con eso de que eres casada, joder! Estamos hablando tranquilamente, como colegas lesbianas sadomasoquistas, ¿no? ¡Pues no te formes más rollos!
-Muy bien, pues hablemos de lesbianismo, entonces. ¿Tú sales con alguna chica?
-Tengo varias amigas que me dejan que las ate, les dé unos azotes y les coma el coño… Pero no salgo con ninguna que sea mi novia. Paso del rollo de las pareja formales. ¿Y tú? ¿Le pones los cuernos a tu marido con alguna mujer?
-Pues sí…
-¿Una chica tan guapa como tú?
-Sí, es muy guapa, aunque no nos parecemos en nada.
-O sea, que tengo dura la competencia.
Elena se rio, asombrada por su desparpajo.
-¡Pero bueno, tía, tú de qué vas! ¿Me estás tirando los tejos? Ya sé que te gusto, me lo has dejado clarísimo, pero tú a mí no.
-¡No, claro! A ninguna le gusta la gorda de Martina -dijo sin ningún tipo de amargura-. Lo he oído mil veces… Y, a pesar todo, muchas acaban cayendo. Yo misma no me lo explico.
-Pues yo no voy a caer. Así que vete haciendo a la idea.
Martina se encogió de hombros.
-No pasa nada. Me doy por más que satisfecha. A fin de cuentas, aquí estoy, tomándome una caña con una rubia preciosa que además es lista y me cuenta cosas alucinantes. Eso ya, de por sí, es una experiencia difícil de olvidar.
-Me alegra que lo veas así. A mí también me gusta hablar contigo.
Les trajeron las cañas. Martina tomó un largo sorbo de la suya. Elena hizo un esfuerzo por acabarse la primera. Habían acabado de jugar a los marcianitos y se podía oír la radio, una canción de Dire Straits que conocía muy bien: Six Blade Knife.
Martina sacó una billetera de su pesado chaquetón de cuero. Dejó dos billetes sobre la barra y cogió un tercero, un billete verde de mil pesetas, y lo estiró entre los dedos de las dos manos frente a ella.
-Te doy mil pelas por tus bragas.
Se le atragantó la cerveza, que le salió de la boca en un chorro que pasó a escasos centímetros la pierna de Martina.
-¡Tú está colgada, tía! -dijo con voz ronca cuando acabó de toser.
-No, te lo digo en serio -dijo moviendo el billete como un acordeón-. Lo más probable es que no nos volvamos a ver y quiero tener un recuerdo tuyo.
-¡Y tiene que ser precisamente mis bragas!
-Bueno, como te puedes figurar, yo tengo gustos un poco extraños -le dijo con una sonrisa tranquila.
En realidad no eran tan extraños. Elena se acordó de algunas cosas parecidas que había hecho. Leyó el deseo en los ojos de Martina, el mismo deseo arrebatador que había sentido ella. La conmovió sentirse tan deseada.
-No, si te entiendo. Yo también he jugado a ese juego alguna vez. Pero no me hace falta tu dinero.
-Eso es lo malo que tenéis las pijas, que no os falta de nada.
Fue la canción Six Blade Knife la que le dio la idea.
-Pues sí hay algo tuyo que me molaría tener. Tu cuchillo.
Martina arqueó las cejas y afirmó lentamente con la cabeza. Apartó el chaquetón y pasó la mano por el cuchillo de caza que llevaba colgando del cinturón.
-¡Mi cuchillo, dice la muy jodida! Sabes ir directamente a donde duele, ¿eh? Para que te enteres, nena, este cuchillo vale bastante más de mil calas.
-¿Y qué te crees, que yo me voy a conformar con cualquier chuchería? Quien algo quiere, algo le cuesta.
-No lo entiendes: éste no es un simple cuchillo. Dice quién soy, es mi señal de identidad.
-Ya me he dado cuenta. Precisamente por eso lo quiero. Yo también quiero llevarme un recuerdo tuyo.
-Además, tiene su historia… Digamos que posee un gran valor sentimental para mí.
-Pues mis bragas también lo tendrán, ¿no? ¿No es precisamente por eso por lo que las quieres?
Martina la miraba ceñuda, dudando. Por fin pareció llegar a una decisión.
-Vale, mi cuchillo a cambio de tus bragas. Pero tienes que dejar que te las quite yo.
Elena no sabía si sentirse alagada o recelosa.
-¿Aquí? ¿En mitad del bar?
-En los servicios… ¿Qué, princesa? ¿Hay trato o no hay trato?
El corazón le latía deprisa. ¿En qué tipo de aventura se había metido? Pero después de tanto regatear iba a quedar como una tonta caprichosa si se echaba atrás.
-Vale, hay trato.
-Pues entonces te vas a los servicios y me esperas allí. No eches el pestillo. En un par de minutos voy yo.
Cogió su bolso y su chaqueta con aire decidido y se dirigió a la parte de atrás del bar. Por suerte había un servicio de señoras separado del de caballeros. Era un cuartucho diminuto y maloliente, con luz de neón, un lavabo y un retrete. Dejó el chaquetón y el bolso en el suelo y cerró la puerta sin echar el pestillo, como le había dicho Martina. Se abrazó a sí misma, inquieta, mirándose en el espejo desvaído. ¿Estaba cometiendo una locura? ¿Se podía fiar de Martina? A fin de cuentas, no la conocía de nada. ¿Y si le hacía daño? No, eso era improbable… Pero sí que podía aprovecharse de ella. Estaba claro que a Marina le gustaba, y que ella sabía perfectamente cómo manejar a las mujeres. Sin embargo, el prospecto de que Martina la usara para su propio placer no la asustaba. Al contrario, la excitaba. Y el hecho de que Martina no le resultara en absoluto atractiva aún la ponía más cachonda.
Podía oír el palpitar de su corazón en los oídos. Se frotó los brazos, aunque en realidad no tenía frío.
Martina entró en el baño. Cerró la puerta tras ella y corrió el pestillo. Elena retrocedió un paso.
-¿Qué pasa, princesa? ¿Te quieres rajar?
-No.
-Si quieres pretendemos que ha sido una broma y lo dejamos. Yo me quedo con mi cuchillo y tú con tus bragas.
Elena la miró desafiante.
-Si crees que sales perdiendo en el trato, puedes quedarte con tu cuchillo. Pero por mí que no sea.
-Muy bien. Pero lo vamos a hacer a mi manera.
-¿Y cuál es tu manera?
-Súbete la falda.
Elena hizo lo que le pedía. Vio los ojos de Martina recrearse en sus rodillas torneadas y sus muslos blancos conforme iba subiéndose la falda. Por fin el borde de la tela alcanzó su pubis y supo que Martina podía apreciar sus bragas de encaje negro, tan fino que transparentaba el vello de su monte de venus. Pero Martina no se conformaba fácilmente.
-¡Más arriba, hasta la cintura! -Le exigió - ¡Eso es!
Martina hincó una rodilla delante de ella y se dedicó a inspeccionarla con calma, seguramente decidida a sacar el mayor partido posible del precio que pagaba por el espectáculo. Elena no osó apremiarla, sintiendo su pulso acelerarse y la humedad ir invadiendo su entrepierna.Finalmente, Martina acercó su cara a un palmo escaso de su vientre, metió los índices bajo el encaje negro en su cintura, y le fue bajando las bragas muy despacio, descubriendo primero la superficie lisa de su vientre y luego el vello de su pubis, deslizándolas por sus muslos, pasadas la rodillas, hasta que las tuvo en los tobillos.
Una bajada de bragas en toda regla, pensó. Con toda la ceremonia que requiere el acto.
Levantó un pie, luego otro, para permitir a Martina sacarle la prenda de los zapatos. Cuando las tuvo en sus manos, ella se dedicó a inspeccionar las bragas con cuidado, apreciando la aspereza de encaje entre los dedos, estirándolas para comprobar su transparencia, oliendo la parte de la entrepierna. Elena la miraba, fascinada. Martina no parecía tener ninguna prisa en incorporarse, seguía allí, con una rodilla en el suelo, pasando su atención de las bragas a la desnudez de su sexo. Se preguntó cómo debía reaccionar si la tocaba, si debería protestar, bajarse la falda y retroceder, o dejarse hacer y quedar como una cualquiera. Pero Martina no la tocó. Mirarla, tal vez olerla, parecía ser bastante para ella.
-Tienes un coño muy bonito, princesa -dijo por fin-. Rubio… se ve que no eres teñida.
-Con esos piropos tan románticos vas a acabar por derretirme -dijo con sarcasmo.
Martina se embutió las bragas en el bolsillo y se incorporó despacio. Había fortaleza y deliberación en su movimientos.
-¿Te crees muy graciosa, verdad nena?
La miraba con fijeza. Elena dio un paso atrás y dejó caer la falda.
-¿Te he dicho yo que te podías bajar la falda? ¿Eh? ¿Te lo he dicho?
Elena negó con la cabeza, desconcertada.
-¡Pues entonces! ¡Vuelve a subírtela! ¡Venga! ¡Ya!
Elena cogió el borde de la falda y se la volvió a arremangar hasta la cintura. Algo en su interior buscaba las palabras para decir basta, que el juego ya había ido demasiado lejos. Pero una parte más fuerte de ella deseaba seguir jugando.
Martina dio un paso hacia ella.
-Y ahora supongo que querrás mi cuchillo… Muy bien, pues aquí lo tienes.
Soltó la correa que lo mantenía en su funda y lo desenvainó, apuntando la hoja directamente a su vientre.
-Ni se te ocurra soltar la falda hasta que yo te lo diga. ¿Me oyes?
Elena asintió y dio otro paso atrás. Su espalda chocó contra la pared.
-Te voy a enseñar por qué este cuchillo tiene tanto valor sentimental para mí. Esto es lo que me gusta hacerles a mis niñas.
Bajó el cuchillo y le posó la punta delicadamente en el interior de la rodilla. Entonces Elena supo perfectamente lo que le iba a hacer, y el saberlo le dio aún más miedo. Se sintió paralizada, el fornido cuerpo de Martina a apenas un palmo del suyo, la pared clavada en su espalda, mientras el filo del cuchillo le iba recorriendo el interior de un muslo primero, el otro después, dejando lo que ella adivinaba eran finísimas líneas blancas, sin sangre, pero lo suficientemente dolorosas para hacerla tensarse y apretar los puños sobre la tela de la falda que ahora ya le resultaba imposible soltar.
El cuchillo le hizo cosquillas en los pelos del pubis. Un filo acerado y helado le separó los labios, se introdujo entre ellos, presionando hacia arriba, moviéndose hacia atrás hasta que la punta se clavó en la pared detrás de su trasero. El borde afilado la amenazaba ahora desde el ano hasta el clítoris, presionando hacia arriba lentamente pero inexorablemente, hasta que el terror la obligó a ponerse de puntillas, sus piernas tensándose desde los dedos de los pies hasta las nalgas.
-¿Me das un beso? -le preguntó Martina como si no estuviera pasando nada.
Elena asintió muchas veces, rápidamente. Los labios de Martina tocaron los suyos, pero ella apenas los sintió. Su lengua se introdujo en su boca, y ella la dejó entrar sin apenas hacerle caso, pues toda su atención estaba concentrada en la hoja fría y afilada que amenazaba partirle el cuerpo en dos al menor descuido, como esos canales de vacuno que se ven en los mercados. La mano de Martina se deslizó sobre su culo, acariciando la piel suave, estrujando el glúteo, y toda su preocupación fue en no dejar caer su peso sobre el acero cortante. Le dolían las pantorrillas de estar tanto tiempo de puntillas. Sentía desfallecer las piernas. La horrorizó darse cuenta de que en cualquier momento le iban a fallar las fuerzas y no podría evitar dejarse caer sobre el filo del cuchillo.
-¡Para, por favor! ¡No puedo más!
Martina la soltó. El cuchillo abandonó su coño. Se dejó caer sobre los talones para aliviar la tensión insoportable en sus gemelos. Apoyó la nuca en la pared y cerró los ojos, luchando por recuperar la respiración.
-Ya te puedes bajar la falda, princesa.
Se había olvidado que aún sostenía la falda arremangada contra su cintura. Cuando abrió las manos para dejarla caer se dio cuenta de que le dolían los dedos de tanto apretar los puños. Se sentía ligeramente mareada. Martina la abrazó, acariciándole suavemente el pelo. Apoyarse en ella era como dejarse caer sobre una sólida montaña de carne acogedora. El hecho de que Martina fuera gorda y fea había dejado de tener la menor importancia, porque había satisfecho su deseo de experimentar violencia, de sentirse victimizada. La había conquistado y ahora no quería más que abandonarse a ella.
Martina la soltó. Tenía el cuchillo en la mano, pero ahora lo cogía por la hoja, ofreciéndole la empuñadura.
-Toma, cógelo. No tengas miedo. Ahora es tuyo, te lo has ganado.
Elena cogió el cuchillo con reluctancia. Se notaba sólido y pesado.
Martina se desabrochó pausadamente el cinturón, lo extrajo de los pasadores del sus vaqueros. Elena pensó que se disponía a pegarle con él, pero Martina se limitó a sacar la funda del cuchillo y ofrecérsela, tras lo cual se volvió a abrochar el cinturón.
¿Eso es todo? ¿Ya no me vas a hacer nada más? ¿Me vas a dejar así?
Sin bragas se sentía desnuda y vulnerable. El cuchillo le había dejado el coño abierto. Y empapado.
-Será mejor que guardes el cuchillo en el bolso. Si sales con él en la mano, los del bar se van a pensar que los vas a atracar.
Elena asintió. Metió el cuchillo en su funda, recogió su bolso del suelo y lo guardó en él.
Martina le acarició la mejilla.
-Te espero en el bar.
Elena se miró al espejo, arreglándose el pelo con los dedos. Tenía la falda arrugada. Se la alisó. Siguiendo un impulso súbito, se la subió. Se inspeccionó el coño. Se metió los dedos entre los labios, esperando encontrar sangre. Nada. No quedaba ni rastro de la sensación cortante del cuchillo, sólo calor y humedad y un intenso de deseo de frotarse el clítoris hasta correrse allí mismo. Pero si la hacía esperar, Martina adivinaría lo que había hecho. Presa de un pudor irracional, recogió el bolso y salió del servicio.
Martina la esperaba en una de las mesa junto a la pared, a donde había llevado dos cañas y un pincho de tortilla.
-¿Estás bien, princesa?
-Sí.
Martina le ofreció el vaso de cerveza. Elena lo vació de un trago. Tenía la garganta reseca y encontró el amargor de la bebida muy reconfortante.
-Come, anda. Tendrás hambre.
Elena cortó el pico de la tortilla con el tenedor y se lo comió. Estaba muy bueno. Era verdad que tenía hambre.
-Te has asustado un poco, ¿eh?
-Bastante.
-Pero te ha gustado.
-¡Te has pasado un montón, Martina! Al menos deberías haberme pedido permiso antes de hacerme eso con el cuchillo.
-Yo nunca pido permiso. Eso lo hubiera estropeado todo. Algunas veces he tenido que pedir perdón, pero permiso, nunca.
-Entonces, ¿me vas a pedir perdón?
Martina le cogió la barbilla y la miró con ojos duros.
-¿Pedirte perdón? ¿Por haberte dado lo que andabas buscando? ¡No te quedes conmigo, guapa, que ya nos vamos conociendo! Al menos deberías tener la honestidad de reconocer que sí, que te ha gustado, cuando te lo he dicho.
-Sí que me ha gustado, Martina -le dijo dócilmente-. Eres una dominante muy buena.
-Eso está mejor.
-Me tenías completamente en tus manos. Podías haberme hecho lo que quisieras.
-¡Menuda zorra que estás hecha, princesita! Sí, ya sé que te has quedado con ganas. Mejor. Así volverás a por más.
Eso la hizo rebelarse.
-¡Mira, Martina, serás una buena dominante, pero no eres la única! Tengo gente que me quiere, que me respeta, y que sabe satisfacer con creces mis necesidades. No te necesito en absoluto.
-Claro, ya lo sé. Pero, precisamente porque te quieren, no te pueden dar lo que te puedo dar yo.
-¿Sabes lo que te digo? ¡Que eres una arrogante y una descarada! No tengo por qué aguantar que me insultes. ¡Deberías agradecerme que te haya dejado disfrutar de mí!
-Aquí la única arrogante eres tú, nena, que vas por la vida de pija, de lista y de tía buena. Un día de éstos te voy a bajar los humos, ya lo verás. Y encima me lo agradecerás.
No sabía que era peor, que la irritara tanto o que la calentara tanto. No le cabía la menor duda de que, si llegaba a caer en sus manos, Martina era capaz de bajarle los humos y convertirla en la más dócil de sus sirvientes. Eso la tentaba y la asustaba a la vez.
Abrió el bolso, sacó la cartera y puso quinientas pesetas sobre la mesa.
-Me voy. Aquí tienes, para las cañas y el pincho de tortilla. Invito yo.
-Buena idea, vete a casa. Elena, ha sido un auténtico placer conocerte.
Le ofrecía la mano a través de la mesa. Elena buscó algún signo de burla en tu cara, pero la expresión de Martina era de candor y simpatía. Le estrechó la mano.
Se levantó, cogió el bolso y se dirigió a la puerta del bar. Había otro tipo en el videojuego de matar marcianitos, que hacía un ruido infernal.
-¡Eh, princesa! -Oyó que la llamaba Martina por encima del estruendo.
Se volvió a mirarla.
-Perdóname, guapa.
Le sonreía, diciéndole adiós con un pañuelo.
Sólo que no era un pañuelo. Eran sus bragas.
Salió escopetada hacia la puerta.

Nota: Antes de que intentes repetir esta escena y acabes dándole una cuchillada a tu chica en la entrepierna, hay algo que creo que deberías saber. El cuchillo de Martina, como casi todos los cuchillos de caza, tiene filo sólo por uno de los bordes de la hoja. Fue el otro borde, el romo, el que Martina le metió a Elena en el coño, por lo que nunca hubo peligro de cortarla. Como Martina le estuvo arañando a Elena los muslos con el lado afilado, ella creyó que era el borde afilado el que la amenazaba. La ilusión se mantuvo hasta el final.

sábado, 22 de marzo de 2014

Consejos a una sumisa principiante

Lo siento, pero para no complicar demasiado las cosas me voy a referir solamente a las sumisas, con ese género, aunque casi todo lo que voy a decir se puede aplicar igualmente a un sumiso. Tampoco voy a intentar dar consejos a una Dominante. Sin embargo, uso aquí la palabra “sumisa” con el significado más general que se le da en español, es decir, no sólo como quien quiere ser sumisa en una relación de Dominación/sumisión (DS), sino también a las masoquistas o las inclinadas a someterse al bondage (“Bottoms”, en inglés). Por último, señalo que lo que voy a decir se basa en mis experiencias y opiniones personales y que lo escribo sabiendo de antemano que hay otras opiniones al respecto, algunas basadas en mitos y creencias que no comparto.

1.    Ante todo, ten en cuenta tu seguridad. El BDSM es algo muy complejo y no exento de peligros, que muchas veces vienen de la dirección más inesperada. Se suele temer al dolor y al daño físico, cuando es realidad es mucho más preocupante la rotura del consenso, que puede llegar hasta la violación, y el abuso psicológico (sobre ello leed mi artículo “Cómo reconocer el maltrato en las relaciones de Dominación/sumisión”). Aprende bien el significado de “Seguro, sensato y consensual” y cómo se lleva a la práctica con la negociación de una sesión, el establecer límites y el uso de la palabra de seguridad. Otra cosa que puede tener consecuencias muy graves es que revelen tu afición al BDSM, “sacándote del armario” en contra de tu voluntad. Esto puede acarrear pérdida del trabajo, de hijos, rotura de la pareja, etc.

2.   Juega contigo misma. La mejor manera de aprender sobre tu cuerpo, tus fantasía y tus límites es empezar a practicar el BDSM tú sola. Sí, se puede hacer y es muy divertido. Busca un momento y un lugar en que nadie te vaya a molestar, incluso si haces ruido. Ya lo sé, para algunas personas esto puede ser difícil, pero siempre existe la manera, aunque te tengas que ir a un hotel o a casa de unos amigos comprensivos. Prepara bien el ambiente, cerrando puertas y ventanas. Desnúdate o ponte tu ropa erótica preferida. Empieza por masturbarte con tu fantasía favorita BDSM. Luego puedes darte azotes, probar consoladores o tapones de culo (“butt-plugs”), hacerte corsés de cuerda… ¡lo que se te ocurra! Si te atas a ti misma, asegúrate que dejas siempre libre la mano derecha (a no ser que seas zurda).

3.    Cómprate tus propios “juguetes”. Es importante que tengas tus propios consoladores y tapones de culo que no use nadie más, así que empieza por ahí. Si te gustan las mordazas, hazte con la tuya propia. También es buena idea tener muñequeras y tobilleras a tu medida y una pequeña pala o cepillo de madera para pegarte (si te gusta eso).

4.    Lee mucho sobre BDSM, tanto novelas eróticas como libros de información práctica. Cuanto más informada estés, mejor evitarás los peligros y mejor te lo pasarás en las sesiones. La literatura erótica es lo mejor que hay para definir tus fantasías y los roles que quieres probar.

5.    Intégrate en la comunidad BDSM (mejor en la vida real, pero si no puedes, en internet). No lo hagas sólo para buscar a un Dominante, primero busca gente con la que intercambiar experiencia y opiniones, sobre todo otras sumisas como tú. Haz amigas y amigos. Ve a encuentros y fiestas con la idea de charlar, aprender y mirar, más que ligar. No tengas prisa por encontrar “Tu Dominante”, piensa que si te emparejas con el Dominante equivocado eso te mantendrá alejada de alguien que es realmente compatible contigo. No podrás elegir bien hasta que tengas mucha información a tu alcance.  

6.   Juega “por sesiones” durante al menos un par de años antes de siquiera plantearte una relación DS a tiempo completo (24/7). Ten en cuenta que la relación 24/7 no tiene por qué ser deseable ni convertirse en tu meta. Muchas personas practican el BDSM sin hacer eso. Jugar por sesiones te permitirá probar algo distinto en cada sesión y tener tiempo entre sesiones para procesar tu experiencia y decidir lo que quieres hacer la próxima vez. Si alguien intenta convencerte de que empieces una relación 24/7 siendo una novata, aléjate de él lo antes posible. Ese es uno de los indicios más claros de un Dominante peligroso.

7.    Juega con varios Dominantes antes de elegir a uno en particular. Sí, me has leído bien: al principio es mejor ser promiscua. Cada Dominante (Top) tiene un estilo distinto y diferentes habilidades. No hablo sólo del uso de juguetes sino, más importante todavía, la capacidad de llevarte a un estado mental determinado (el llamado “sub-space”) donde tus fantasías más profundas se hagan realidad. Nunca podrás evaluar lo bueno que es un Dominante hasta que hayas probado con varios. No te creas los mitos románticos de “la entrega” y del Dominante hecho a tu medida que va a aparecer enseguida. Encontrar la relación ideal requiere tiempo y esfuerzo, pero nadie dice que no te lo vayas a pasar bien mientras la buscas.

8.    Ten en cuenta que follar no es un requisito para hacer una sesión BDSM. Si sólo buscas una azotaina, o que te aten, plantéalo directamente desde el principio y establece que el follar está fuera de tus límites. Nunca te dejes chantajear, si él no quiere jugar si no follas con él, y a ti no te apetece, dile que no y en paz. Nunca te veas forzada a hacer algo que no quieres. Por otro lado, si quieres BDSM  y sexo, hazlo con las debidas precauciones contra las enfermedades de transmisión sexual. Usar condón debe ser un requisito absoluto. Además, si practicas el sexo con varias personas es muy aconsejable hacerse un panel de enfermedades de transmisión sexual al menos una vez al año, que debe incluir HIV (SIDA), sífilis, gonorrea, clamidia y herpes genital. Pídele al Dominante de turno con quien vayas a follar los resultados de este análisis.

9.    Un Dominante tiene que ganarse tu confianza, no tiene derecho a ella de entrada. La confianza de una sumisa se gana escuchándola, preocupándose por sus gustos, sus fantasías y sus límites. Y también mostrando lo que el Dominante puede aportar a la relación, sus conocimientos, sus empatía, su seguridad en sí mismo… su capacidad para dominar, en definitiva. La confianza requiere tiempo, tiene que ser construida paso a paso, no puede ser instantánea. Una relación BDSM que valga la pena expone partes muy vulnerables tanto de la sumisa como del Dominante; no se llega a ellas tan fácilmente.

10.    Mantén una actitud abierta sobre cuáles son tus gustos y tus inclinaciones. Es como la comida: algunas cosas no sabrás si te gustan o no hasta que las hayas probado. No seas dogmática ni pongas barreras innecesarias. Una buena forma de aproximarse a algo que no sabes si te va gustar es masturbarse imaginándote que lo haces. Imagínate que te sometes a otra mujer, o que dominas a un tío. Tu propio cuerpo te dirá la verdad sobre tus gustos. Pero ten en cuenta que a menudo la realidad sobrepasa a las fantasías.

11.    Define tu rol, no dejes que nadie lo defina por ti, ni aceptes convenciones que van contra tus gustos. No dejes que te encasillen los demás, incluso (¡sobre todo!) tu Dominante. En el BDSM se puede ser muchas cosas aparte de sumisa en una relación DS. Si te atrae el dolor erótico, serás masoquista. Si lo que te gusta es que te aten, lo tuyo es el bondage. Incluso dentro de la DS hay muchas modalidades: Amo/esclava, Papá/niña, Maestro/discípula, disciplina doméstica, etc. (Ver mi artículo “El BDSM en toda su rica variedad”).

(Dedicado a kittylaura de FetLife)

jueves, 13 de marzo de 2014

El Mito del Dominante Nato

En foros BDSM de internet es frecuente encontrarse a alguien (hombre o mujer) que piensa más o menos así:

“Yo soy Dominante desde que tengo memoria, así que esto es una característica básica de mi personalidad. En mi trabajo, con mis amigos y con mis familiares tengo tendencia a controlarlo todo, a dar órdenes y querer imponer mi voluntad. En la mayor parte de esas situaciones debo reprimirme para que no me miren mal, pero en el ambiente BDSM por fin puedo expresar mi auténtica naturaleza sin ambages. De hecho, se me respeta y se me admira por ser tan Dominante. Hay muchos que aspiran a ser Dominantes como yo, pero no son más que fraudes, personas que no han nacido con mi impresionante personalidad. Van a clases de BDSM, leen libros, preguntan en los foros, sin darse cuenta de que si fueran Dominantes de verdad, como yo, no les haría falta nada de eso. En el fondo lo que hacen es jugar a asumir el rol de Dominante, pero no lo llevan dentro como me pasa a mí. Creen que esto es un disfraz de quita y pon, así que los verás un día haciendo de Dominantes y otro de sumisos, pero en realidad no son ninguna de las dos cosas. Lo mismo pasa con las sumisas: hay sumisas de verdad, que lo llevan en el alma, y sumisas de mentirijillas, que sólo juegan a serlo porque está de moda o porque piensan que así pueden atraer a algún hombre interesante. Como Dominante auténtico, yo necesito estar con una sumisa que también sea auténtica. Si alguna me viene con un montón de límites, palabras de seguridad y otras zarandajas, eso es señal de que no es una sumisa auténtica, que no está preparada para aceptar la voluntad de un Dominante impresionante y auténtico como yo.”

Creo que ésta es una actitud errónea por varias razones:

1.    Si el ser Dominante fuera una característica innata, sería genético. Habría familias con muchos Dominantes y otras con muchos sumisos, pero no es así. Por el contrario, en países multiculturales como EE.UU. el BDSM parece asociarse a determinadas culturas, por ejemplo, el catolicismo y el judaísmo. Por lo tanto, el gusto por dominar o someterse deriva de factores culturales, no innatos.

2.    No existe asociación entre ser dominante y controlador en la vida real y ser Dominante en el plano sexual y BDSM. De hecho, muchos sumisos y sumisas ocupan puestos de autoridad en la vida real. El rol que se elige tiende a compensar la situación en la que nos encontramos en el día a día.

3.    El entender la dominancia desde esta perspectiva puede crear actitudes mentales poco sanas, como el autoritarismo, el egocentrismo, el narcisismo y el desprecio a los demás.

4.    Los papeles de Dominante y sumisa son elegidos de forma consensuada después de una negociación, para disfrute mutuo. No se trata de que el Dominante conquiste a la sumisa en base a su arrolladora personalidad. Eso pasa en las novelas y las fantasías, no en la vida real.

5.    La creencia que ser Dominante es algo “que se lleva en la sangre” puede llevar a desdeñar el aprender de otros con más experiencia. Eso resulta en sesiones menos sofisticadas y menos seguras.

6.    El exigir a una sumisa que sea “auténtica” sometiéndose al Dominante sin respetar sus propios límites puede llevar a situaciones de maltrato, como las que exponía en otro artículo de este blog.

7.    Los mejores Dominantes entienden este rol como un acto de servicio en el que guían a la sumisa a encontrar su placer y su felicidad. Entender la D/s como la mera satisfacción de los deseos del Dominante no suele funcionar bien a largo plazo.

8.    Personas que practican el BDSM durante muchos años suelen evolucionar en sus gustos. Algunos empiezan a cambiar de rol (“switch”) o aprenden técnicas o relaciones nuevas. Hacer siempre lo mismo termina por aburrir, mientras que el BDSM ofrece enormes posibilidades de exploración y descubrimiento interior. Encasillarse en un rol determinado es empobrecedor.

Creo que el BDSM puede ser algo más profundo que el pasar un buen rato, hacer realidad determinadas fantasías y masajearnos un poco el ego. Puede ser un camino de autodescubrimiento y transformación personal. Estos mitos que lo entienden como una interacción de roles estáticos cierran estas posibilidades y empobrecen la relación.