sábado, 27 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (III)

-Pero bueno, lo que sí es cierto es que cuando volví a la realidad de mi trabajo y de mi diminuto apartamento en Brooklyn, decidí que la experiencia había estado bien, pero que no hacía falta repetirla -dijo Johnny-. Pero cuando se lo dije a Diane en nuestra siguiente cita, ella me acusó de no querer entregarme por completo a ella y se marchó, enfadada. Muy preocupado, intenté llamarla varias veces por teléfono, pero ella no atendía mis llamadas. Al final fue Robert quien se puso en contacto conmigo. Con reluctancia, accedí a quedar con él. Tuvimos una conversación de lo más interesante. Él me dijo a las claras que si no dejaba de hacer tonterías iba a perder a Diane, porque ella había decidido que lo que quería era tener una relación con nosotros dos y repetir hasta la saciedad la última sesión que habíamos hecho. Acabé confesándole que temía que Diane acabaría marchándose con él. Me dijo que por él no tenía nada que temer, ya que yo le gustaba y le daba morbo jugar como lo hacíamos. Más que tranquilizarme, eso me puso aún más nervioso, pero me di cuenta de que si quería seguir con Diane tendría que resignarme a la situación.

-Ya no volví a jugar con Diane a solas; Robert siempre estaba presente en cada sesión que hacíamos en la mazmorra, incluso algunas veces que quedábamos los tres para salir. La siguiente sesión que hicimos Diane tuvo cuidado de que el juego fuera menos humillante para mí. Esa vez le tocó a Robert el sufrir el grueso del abuso humillaciones y los golpes… Y Diane me ordenó que fuera yo el que lo follara a él.

-¿Y cómo fuiste capaz? A mí, desde luego, no se me habría levantado.

-Pues a mí sí, con un poco de ayuda por parte de Diane. Mi cuerpo respondía de forma instantánea al contacto de sus dedos. Ella me plantó delante del trasero de Robert, que estaba surcado de estrías que le había hecho con la vara, y se puso a manipularme la polla hasta que la tuve dura como una piedra. Luego hizo que lo penetrara. Mientras lo follaba se puso a pegarme con la vara, para darme ánimos, me decía, hasta que la dejó abandonada en el suelo y sacó su Hitachi… ¡Pero para qué te lo voy a ocultar! A mí había empezado a gustarme Robert, lo que me causaba una gran vergüenza  y confusión. Me había acostumbrado a que él me tocara… Lo hacía muy bien, el muy desgraciado, se aprendió enseguida las cosas que me gustaban. Por el contrario, cuando Diane me ordenaba que lo tocara yo a él sentía un gran rechazo, hasta asco… Pero eso no duraba mucho. Robert era indudablemente hermoso, y su cuerpo acababa por excitarme, a pesar de ser indudablemente masculino, con los pectorales y los bíceps muy marcados… Su piel era muy suave; me gustaba acariciarla. Iba siempre escrupulosamente afeitado. Con el tiempo, hasta acepté hacerle mamadas… ¡Qué horror! Luego, cuando ya no estaba con ellos, me acordaba de todo lo que le había hecho y me sentía fatal. Yo nunca he despreciado a los gays, siempre los he apoyado en todo, pero el ver que yo era capaz de sentir atracción hacia un hombre era algo difícil de encajar. Era como si hubiera dos partes dentro de mí, una que se sentía atraída por el cuerpo de Robert y otra que sentía asco. Lo único que hacía tolerable esa enorme disonancia interna era mi entrega absoluta a la voluntad de Diane, la felicidad que sentía al verla gozar viéndome con Robert. Él, por su parte, no parecía tener ningún problema; de hecho, disfrutaba enormemente con todo lo que hacíamos. Era verdad que yo le gustaba, lo notaba en la manera en que me miraba, en cómo me tocaba. Eso no me ponía las cosas más fáciles, porque a menudo me sentía utilizado… Que Diane me usara no me importaba en absoluto, eso era el objetivo último do todo aquello, el servirla a ella. Supongo que para Robert era lo mismo, aunque él no tenía ninguna dificultad, disfrutaba con todo lo que le hiciera. Era muy masoquista, con un aguante increíble para el dolor, me daba la impresión de que siempre deseaba más. Pero nunca vi en él el afán de servir a Diane que yo tenía. Notaba en él un cierto nivel de reserva, como si nunca bajara del todo sus defensas. De todas formas, cuando estábamos los tres juntos el tiempo se pasaba volando, era todo muy intenso y muy bonito. Era luego, cuando estaba a solas, que me sentía torturado por la vergüenza, por los celos, por el miedo de perder a Diane, de perderme a mí mismo.

-Que fue lo que al final acabó pasando … -apuntó Julio.

Johnny bebió un trago y se quedó inclinado hacia delante, mirando el fondo de su jarra de cerveza.

-Yo hubiera podido seguir así como estábamos. Me iba acostumbrando rápidamente a la situación… me empezaba a gustar, incluso. Pero en una sola noche el mundo de fantasía que había creado en torno a Diane se derrumbó de forma irremediable. Fue la noche de Fin de Año. Diane y Allan dieron una fiesta en su casa, que transcurrió con normalidad hasta llegar la medianoche cuando, siguiendo la costumbre americana, cantamos Auld Land Syne y nos bebimos una copa de champán. Poco después, Diane se despidió de sus invitados y nos hizo bajar a Robert y a mí a la mazmorra. Lo primero que hicieron fue desnudarme, amordazarme con una bola de goma y atarme de pies y manos a un armazón que había en la pared frente al espejo. Pensé que se iban a cebar en mí, como de costumbre, pero en vez de eso me hicieron asistir a un extraño espectáculo. Diane y Robert cogieron cada uno una de las varas que se usaban para pegar y entablaron con ellas un duelo de esgrima muy especial: el que conseguía encontrar una apertura en la defensa del contrario le asestaba un varazo. Aunque Robert era más alto y musculoso, en seguida se vio que Diane llevaba las de ganar. Adoptó la postura de esgrima reglamentaria, con una mano en la espalda y pronto logró dejar varias estrías en los costados y los muslos de Robert, quien estaba desnudo excepto por una tanga de cuero. Pero Robert parecía insensible al dolor y contraatacó con furia, encajándole varios varazos a Diane en las piernas y los brazos, aunque para ello dejaba su cuerpo expuesto a los feroces golpes de Diane. Pronto la tuvo arrinconada junto a la cama. Para mi consternación, después de recibir varios varazos particularmente salvajes, Diane dejó caer su vara y se desplomó en el suelo, echa un ovillo. Con un gruñido de triunfo, Robert la arrojó sobre la cama y en un momento la despojó de sus zapatos, su corsé y sus short de cuero. Yo no podía creer lo que veían mis ojos; estaba convencido que Robert se había vuelto loco y se disponía a violar a Diane. Me debatí inútilmente contra mis ataduras e intenté gritar pidiendo ayuda, pero sólo unos débiles ruidos lograron atravesar la mordaza. Mientras tanto, Robert había doblado a Diane sobre el potro atada de pies y manos, y había empezado a asestarle una buena sarta de varazos en el trasero. Todo sucedía a un metro escaso de donde yo me hallaba , como si lo hubieran dispuesto para que yo pudiera gozar del espectáculo. La rabia y la impotencia me desbordaron… creo que debí echarme a llorar. Cuando lo vio, Diane le gritó a Robert: “¡Para! ¡Para! ¡Díselo! ¡Tienes que decírselo!” Robert se plantó frente a mí y se puso a explicarme que todo eso lo hacían por mi bien, para librarme de mi obsesión por Diane y mostrarme que era una mujer, no una diosa, y que a ella también se la podía doblegar y humillar. Diane, todavía atada al potro, me confirmaba todo lo que decía. Robert acabó diciéndome que para completar mi supuesta terapia debía darle por culo a Diane, a no ser que prefiriera que lo hiciera él. Entonces me desató. Intenté ir a liberar a Diane, pero él me lo impidió. Forcejeamos cuerpo a cuerpo un rato, pero claro, yo no tenía nada que hacer contra la mayor fuerza y destreza de Robert. Llorando de frustración, me puse mi ropa como pude y me marché. Recuerdo que estuve mucho tiempo me metido en mi coche, esperando que mis manos dejaran de temblar lo suficiente para poder conducir.

Johnny se frotó las manos, se incorporó y apuró de un trago el resto de su cerveza.

-No volví a ver a Diane hasta el sábado siguiente. Conseguí convencerla de que quedáramos a solas, sin Robert. Me explicó que Robert y ella habían estado comentando bastante tiempo lo que ellos consideraban mi obsesión por servir a Diane. Él había acabado por convencerla de que era algo insano a lo que había que ponerle final. Yo argumenté que no era nada insano, sólo el simple deseo de un sumiso de entregarse plenamente a su dominatriz, algo que ella siempre había comprendido y alentado. Le expliqué que para mí lo más difícil había sido aguantar las vejaciones de Robert; que se había sido capaz de hacer eso por ella, nada importaba en comparación. Lo que ella me dijo a continuación me sorprendió y me dolió. Me explicó que ser mi dominatriz se había convertido en una carga para ella, que tenía que esforzarse continuamente para mantener su imagen de mujer poderosa e infalible, que se había llegado a creer que era una diosa y le hacía daño psicológicamente. Por eso había aceptado hacer una sesión con Robert y conmigo como sumisa, porque ella necesitaba esa cura tanto como yo. Yo me rebelé. Le dije que no había derecho que hubieran planeado todo eso sin contar conmigo, que me hubieran impuesto una sesión a la que yo no había dado mi consentimiento. No hubo manera, la discusión fue de mal en peor. Diane no quería dar su brazo a torcer y yo, condicionado por mis dos meses de devota sumisión hacia ella, no sabía llevarle la contraria. Acabé por ceder, por decirle que aceptaba cualquier cosa con tal de seguir con ella, pero cuando ella me contó lo que habían planeado me encontré que era algo que iba ser completamente incapaz de hacer. Por un tiempo, me explicó, Robert sería el dominante en el trío y ella y yo seríamos sus sumisos. No sería para siempre, se apresuró a añadir, cuando nos curáramos de nuestras respectivas obsesiones ella volvería a asumir su papel de dominatriz, al menos algunas veces. Pero a mí se me habían abierto los ojos. Comprendí que ese había sido el plan secreto de Robert, que él quería a Diane como sumisa, con mi propia sumisión como la guinda del pastel. Y yo no podía prestarme a eso; yo no soportaba volver a ver a Diane como la había visto en la última sesión: desnuda, vulnerable y humillada. Le entregué mi collar y me despedí de ella. Al día siguiente cogí el avión a Madrid, deseando poner la mayor distancia posible entre mí y ellos.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (II)

-A partir de esa noche estuve como en una nube, no podía dejar de pensar en Diane y las cosas que me había hecho -continuó Johnny-. Por suerte, a ella también le debió de gustar. Un par de días más tarde la llevé a almorzar a uno de los restaurantes más lujosos de Manhattan, y el viernes siguiente me volvió a encerrar en su mazmorra. A las dos semanas de conocernos me ofreció su collar. El aceptarlo suponía mi sumisión total hacia ella: no podría follar con otra mujer, ni siquiera masturbarme sin su permiso. Y tendría que obedecerla y aceptar sus castigos. No me lo pensé dos veces.

-Pues, tal como lo cuentas, parece una relación preciosa -dijo Julio-. No sé de qué te quejas.

-Fue una relación preciosa, es verdad, pero no acabó nada bien. Yo debería haber tenido más cuidado, no bajar mis defensas, que es algo que nunca me había permitido hacer con ninguna otra mujer. Pero Diane representaba lo que siempre había deseado: una mujer hermosa que supiera imponerme su voluntad. Ella siempre fue muy estricta conmigo. Cuando nos veíamos me pegaba a la primera oportunidad. Siempre se aseguraba de que hubiera algún detalle que me recordara mi sumisión: mi trasero caliente, los calzoncillos bajados debajo del pantalón, los pezones pellizcados por pequeñas pinzas,  llevar un tapón de goma metido en el culo… Nunca me permitía tocarla por iniciativa mía; las pocas veces que lo intenté me castigó severamente. La única forma en que follábamos era conmigo atado y ella encima… y, a partir de la segunda vez, con un consolador penetrándome el culo. Pero la mayor parte de las veces era yo el que resultaba follado.

-¿Te daba por culo? ¿Con un arnés de esos?

-Sí, un strap-on, como los llamamos en inglés. A Diane le encantaban, a menudo llevaba uno puesto cuando estábamos en su mazmorra. La segunda vez que me llevó allí me dobló sobre el potro y me penetró. Estuvo follándome un montón de tiempo, casi una hora, no lo sé… acabé bastante dolorido, la verdad. Pero luego acabó gustándome. Fue ella quien me enseñó el placer que se obtiene al estimular la próstata. A veces me tumbaba sobre su regazo y me metía dos dedo, o un consolador, y me masajeaba la próstata hasta que se despertaba ese placer tan perturbador, y luego me tenía así un buen rato, gozando pero sin poder correrme, sin siquiera tener una erección. A mí llegó a gustarme mucho que me hiciera eso, porque allí se juntaba todo: mi entrega a ella, la humillación de ser follado como una mujer, la frustración de no alcanzar el orgasmo y, sobre todo, la intimidad de ese acto en el que ella lo tomaba todo de mí y al mismo tiempo me dedicaba toda su atención y sus cuidados. ¿Entiendes ahora lo que intentaba explicarte antes?

-Sí, un poco… Pero antes decías que no hubieras debido bajar tus defensas. Y, sin embargo, si no lo hubieras hecho no habrías podido disfrutar de todas esas cosas.

-Quizás sí, quizás no… No lo sé… Mirando hacia atrás, pienso que esa relación no era buena para ninguno de los dos. Diane había tenido otros sumisos, empezando por su marido, pero ninguno se le entregó tan completamente como yo, y ese poder tan enorme que yo le di sobre mí acabó por subírsele a la cabeza. Con lo guapa que era seguía atrayendo a un montón de sumisos y jugaba con alguno de vez en cuando. Empezó a referirse a sí misma como una diosa y a nosotros, sus sumisos, como su establo de sementales.

-¿Y eso no te ponía celoso?

-Por supuesto… Pero cuando te sometes con la profundidad con que lo hice yo, los celos te acaban pareciendo normales. La frustración y la humillación de saber que está con otro tío no son más que la extensión de la frustración y la humillación continua de tu relación con ella. Y como ella tiene derecho al placer y a satisfacer cada uno de sus caprichos, el que lo haga tirándose a otro hombre te resulta de lo más normal.

-¡Pues menuda comedura de tarro! Eso no puede ser sano.

-¡Pues espérate, que aún viene lo mejor!

-Cuenta…

-Por Thanksgiving, Allan y Diane dieron una cena en su casa, a la que por supuesto me invitaron. Otro de los invitados era Robert, un chico joven, atractivo y musculoso. Diane se quedó prendada de él, y esa noche yo volví solo a casa mientras que Robert se quedaba de huésped de la mazmorra.

-¡Pues vaya palo!

-Con Diane era algo de esperar, aunque debo confesar que aquella vez me sentí particularmente celoso. Me entró un miedo enorme de que Diane se enamorara de Robert y no quisiera volver a verme. Para mi gran alivio, a los pocos días Diane me invitó a hacer una sesión con ella. Terminamos abrazados en la cama de cuero… Recuerdo que Diane aún tenía puesto el consolador con el que acababa de follarme. Entonces me dijo que me iba a pedir algo muy especial, algo que haría realidad una de sus fantasías más queridas. Me advirtió que no me resultaría fácil, que sería la prueba definitiva de mi entrega a ella. Por supuesto, con ese planteamiento, no pude negarme. Me apresuré a decirle que nada me gustaría más que hacer realidad sus deseos. No me quiso dar más explicaciones, ya que no quería que yo pudiera prepararme mentalmente para ello.

-Déjame que lo adivine: tenía algo que ver con Robert.

-Efectivamente. El día señalado Diane me abrió la puerta de su casa y me hizo desnudarme allí mismo, en el umbral. Me vendó los ojos y me puso muñequeras y tobilleras. Bajé las escaleras del sótano dando pasos vacilantes tras de ella. En cuanto abrió la puerta de la mazmorra supe que Robert estaba allí, aunque él no dijo nada cuando nos vio entrar, porque percibí claramente su olor. No era desagradable, una mezcla entre dulzón y almizclado,  muy característico de él. Diane enganchó mis muñequeras a una cadena, tiró de ella hasta dejarme casi de puntillas, y le dijo a Robert que disfrutara de mí. Así fue como supe que Robert era bisexual. Estuvo un buen rato sobándome y manoseándome sin ningún tipo de inhibición: tocándome el culo, pellizcándome los pezones, acariciándome la polla. Pero lo que me causó más confusión fue que yo estaba empalmado. Viéndolo, Diane se me acercó, me apretó la polla apreciativamente y me dijo al oído que siempre había sabido que yo era un poco marica. Estaba tan desconcertado que me llegué a preguntar si sería verdad. Viendo que Robert me daba cachetes en el culo de vez en cuando, Diane le preguntó si le gustaría darme un “spanking”… una azotaina en el culo, ya sabes. En un periquete me tenían atravesado sobre los muslos de Robert, quien me dio una soberana paliza mientras Diane se reía y daba saltitos, entusiasmada por mis quejidos. Luego vino el plato fuerte, la prueba final que Diane había demandado de mí: dejar que me follara Robert mientras ella miraba. Me ataron sobre el potro con las piernas abiertas, doblado de tal manera que mi trasero quedara a la altura adecuada. Me quedó el consuelo de ver como mi querida Diane se quitaba los pantaloncitos de cuero que llevaba y se plantaba delante de mí con su Hitachi Magic Wand alegrándole el coñito. Esperaba que ser penetrado por un hombre no sería muy distinto de cuando Diane me follaba con su strap-on, pero de alguna manera sí lo fue. Hay algo en el pene que lo hace al mismo tiempo más blando y más duro que un consolador… y lo notas templado desde el principio, en lugar del frío del plástico. También pude comprobar que, por mucha práctica que tenga, una mujer no es capaz de follarte tan eficazmente como un tío. Robert empezó despacio, pero en cuanto comprobó que no me hacía daño me sometió a un bombeo considerable, ajustando sus acometidas a los imperativos de su placer. Sin soltar el vibrador un solo momento, Diane se nos acercó por detrás para observar con detenimiento como me follaba. Mirando por debajo del potro sólo podía ver sus piernas, pero enseguida la oí correrse, una y otra y otra vez. Robert se detenía de vez en cuando para no eyacular antes de que Diane hubiera tenido oportunidad de disfrutar completamente del espectáculo. Al final ella le debió dar permiso para correrse… no sé… el caso es que sentí perfectamente como su polla pulsaba dentro de mí mientras él gruñía de placer.

-Pero, Johnny, ¿cómo te dejaste hacer eso? ¿No podías haberte negado cuando viste lo que te iban a hacer? Yo, desde luego, nunca me habría dejado humillar de esa manera… Porque es que tú, encima, tendrías unos celos enormes de Robert.

-Pues, aunque te parezca mentira, yo llegué a disfrutar mucho de esa experiencia. Mientras Robert me metía mano y me azotaba fui entrando en un profundo estado de sumisión, que se alimentaba de todo lo que me hacían: de mi humillación, de mi dolor, hasta de mis propios celos. Cuando vi en los ojos de Diane la intensidad del deseo que había despertado en ella, el negarme a satisfacerlo se volvió algo simplemente impensable, una posibilidad tan remota que simplemente no existía en mi mente. Luego, cuando me tendieron en la cama de cuero y Diane me abrazó y me besó y me consoló y me dijo lo bien que me había portado y lo orgullosa que estaba de mí, me sentí el hombre más dichoso del mundo. Ya no me importó que Robert se echara también en la cama y me tocara y la tocara a ella. Encima, como recompensa, Diane se me puso encima y se folló conmigo, sin siquiera atarme, y me dio permiso para correrme cuando quisiera.

A Johnny se le había puesto una sonrisa extática. Cogió su jarra de cerveza, vio que estaba vacía y le hizo una seña al camarero para que trajera dos jarras más. Julio notó que le sudaban las manos y tenía la boca reseca, como cuando se hacía un paso de escalada difícil y peligroso. Buscó algún comentario trivial que decir para que no se notara lo mucho que lo estaba afectando la historia. Pero era inútil; por la manera en que lo miraba Johnny, parecía saber perfectamente cómo se sentía. Los dos se miraron sin decir palabra mientras esperaban que el camarero les trajera las cervezas.

(Continuará...)

sábado, 20 de septiembre de 2014

Encuentro sobre poliamor en Los Ángeles: el "Pool Party"

El año pasado hablaba de un encuentro en Los Ángeles al que acudieron varios centenares de practicantes del poliamor. Bueno, pues hoy tendrá lugar otra vez. Empezará a las siete de la tarde y constará de dos partes. En la primera, de dos horas de duración, habrá una discusión por grupos sobre temas relacionados con el el poliamor. La segunda será una fiesta en la que habrá comida, bebida, música para bailar y acceso a una piscina de agua caliente (traje de baño opcional). Los organizadores enfatizan que no se tratará de un "sex-party" o una reunión de swingers, sino de un encuentro educativo y social. De hecho, como el año pasado hubo quien lo anunció como lo que no era, este año el acceso es exclusivamente por invitación. A pesar de eso, ya hay 350 personas apuntadas. Tina y yo asistiremos, así que ya completaré este artículo con mis impresiones sobre la fiesta.

El grupo que organiza se llama Polyglamorous http://www.meetup.com/Polyglamorous/

La lista de los grupos de discusión es de lo más interesante:
  • Casados y poliamoristas
  • Comunicación, límites y acuerdos en las relaciones de poliamor
  • Relaciones de trío
  • Poliamor y la pareja D/s
  • "Sex Magick"
  • Poliamor 101
  • Pregúntale al sexólogo
  • ¿Pueden relacionarse la gente queer y hetero, o somos "separados pero iguales"?
  • Resolver conflictos en las relaciones de poliamor
  • ¿Soy poli o monógamo?
  • La bisexualidad en las relaciones de poliamor
  • Las relaciones poli "primavera/otoño" (grandes diferencias de edad en compañeros poli)
  • Grupo de mujeres
  • La familia poli
  • BDSM 101
  • BDSM 102
  • Resolviendo problemas ("¡Ayuda! ¡No funciona!")
  • Estigma, prejuicio y discriminación en la vida de poliamor
¿Qué tal? Dan ganas de ir a todos, ¿verdad? 

 ***

Bueno, pues acabamos yendo al grupo de "Comunicación, límites y acuerdos en las relaciones de poliamor", que estaba moderado por una pareja de peruanos muy simpáticos. Nos dijeron que en las relaciones de poliamor había que hacer un contrato con unas reglas y atenerse a ellas. Tina y yo no estuvimos muy de acuerdo, aunque en realidad sí tenemos reglas sobre sexo seguro y sobre el tiempo que pasamos en relaciones fuera de la familia. Yo recalqué que es muy importante incluir en los acuerdos a las nuevas relaciones, o "secundarios", sin hacer que la pareja nuclear les imponga sus reglas.

En la segunda hora de discusión nos cambiamos al grupo "Casados y poliamoristas". John, un atractivo hombre bisexual, estuvo un buen rato contándonos su experiencia de cómo se unió a una pareja que luego se separó y el acabó casado con la mujer... Y el ex-marido liándose con una ex de John. Otra pareja del grupo estaban empezando en los del poliamor y tenían claro que querían encontrar a una "Unicornio", que en el lingo del poliamor se refiere a una mujer bisexual que tenga relaciones sexuales tanto con el hombre como con la mujer, o con los dos a la vez. No es nada fácil, pero está bien tener claro lo que se quiere.

Acabadas las discusiones en grupo nos metimos en la piscina con un montón de gente desnuda, algunos y algunas extraordinariamente atractivos. Era muy bonito ver a grupos de tres o cuatro personas abrazados y acariciándose (de forma no sexual, claro está). Tuvimos alguna conversación interesante más y nos volvimos a casa.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (I)

Este es otro retazo de mi nueva novela “Contracorriente”. Está recién salido del horno, lo escribí este mismo fin de semana. Por lo tanto, debéis considerarlo como un primer borrador, la versión final quizás sea muy distinta. Cuenta parte de la historia de amor entre Johnny y su dominatriz americana, Diane. Esta historia la esbocé al final del segundo capítulo de “Amores imposibles”, pero no di más que unos pocos detalles para evitar que distrajera de la trama principal. Ésta tampoco es la historia completa de la relación entre Johnny y Diane, sólo su comienzo. Quizás la continúe en otro entrada de este blog.

-Sí que estuve enamorado, Julio. Estuve locamente enamorado, con uno de esos amores que se te suben a la cabeza y toman posesión de tu vida entera hasta que ya no ves nada más. Porque no hay nada como una relación de dominación-sumisión para transportarte a otro mundo, a un espacio donde no sabes dónde termina la fantasía y dónde empieza la realidad.

-¡Ah, pues no lo sabía! Cecilia nunca me habló de nada de eso. ¿Se lo has contado?

-Empecé a contárselo, pero no llegué a darle muchos detalles. Mi relación con Diane tuvo lugar en el otoño del año pasado, que pasé entero en Nueva York. Volví a ver a Cecilia en enero, cuando acababais de empezar vuestra propia relación de dominación-sumisión, y no quise desanimarla contándole lo mal que me salió a mí.

-¿Me lo contarías a mí?

-Como quieras. No es ningún secreto, aunque te advierto que algunos de los detalles te pueden resultar algo sórdidos y chocantes. Pero, ahora que lo pienso, quizás te venga bien conocerlos para que comprendas lo que significa ser sumiso, los extremos a los que podemos llegar en el servicio de nuestra dominatriz.

-Soy todo oídos.

Johnny se recostó en su silla y le dio un buen sorbo a su cerveza.

-Conocí a Diane en una fiesta de Halloween el año pasado… No sé si sabrás qué es Halloween… Es una fiesta muy popular en Estados Unidos que se celebra la última noche de octubre para festejar la muerte y la decadencia del otoño. Los niños se disfrazan de brujas, fantasmas, vampiros, cualquier cosa que dé miedo, y van de casa en casa pidiendo golosinas. En el mundillo sadomasoquista se aprovecha para poder salir a la calle vestidos con nuestras prendas fetichistas favoritas sin que nadie se escandalice. Mis amigos de la Eulenspiegel Society me invitaron a una fiesta en una casa particular, una mansión situada en un rincón apartado del estado de New Jersey, al sur de Nueva York. Era una casa grande, de dos pisos, con una amplia terraza de madera en la parte de atrás rodeada de bosques. Nuestros anfitriones eran Diane y su marido Allan, un abogado prestigioso, adinerado y aficionado al sadomasoquismo.

-¿Diane estaba casada? Supongo que de ahí vendrían los problemas.

-Pues no, no te creas. Por suerte, los dos llevaban una vida sexual bastante independiente. Allan había sido sumiso de Diane pero últimamente le había dado por dominar a chicas jóvenes y guapas.

-Me imagino que Diane tampoco estaría nada mal.

-¡Desde luego! Yo me quedé prendado de ella en cuanto la vi. Parecía una Dominatriz salida de un comic. Llevaba un vestido de cuero, medias negras con costura por detrás y unos zapatos con un tacón de aguja de acero con los que habrías podido matar a alguien. Tenía el pelo rizado que resaltaba los finos rasgos de su cara. Tenía un cuerpo menudo, delgado y musculoso, con curvas muy marcadas, un poco como Cecilia… De hecho, me recordó bastante a ella. Yo enseguida llegué a la conclusión de que no tenía ninguna posibilidad con una mujer tan impresionante y me puse a hacer inventario de las otras que, no te creas, había alguna que no estaba nada mal. Pero mi amigo Hilton me presentó a Diane y parecí caerle bien. Me dijo que le gustaba mi acento y se puso a preguntarme cosas sobre España. Por lo visto, su madre era española; había emigrado a Estados Unidos de niña huyendo de la Guerra Civil.

-¿Entonces Diane hablaba español?

-No… Iba a preguntarle más cosas de su vida, pero Diane tenía ganas de marcha. En cuanto le conté que era sumiso me dijo que me quería a su servicio. Luego todo pasó muy rápido. Enseguida me encontré completamente desnudo, siguiendo a Diane a gatas por toda la casa, sosteniendo su copa y su plato mientras hablaba con sus invitados. Pero aunque fingía no hacerme caso, yo sabía que era el centro de su atención. Los otros sumisos me miraban con envidia. Al cabo de un rato Diane se sentó en el sofá en el centro del salón, me tumbó sobre su regazo y me propinó una formidable azotaina, primero con sus manitas, que resultaron ser sorprendentemente duras, y luego con una pala de madera que alguien le trajo. Muchos de los invitados hicieron corro para ver el espectáculo, riéndose, haciendo comentarios obscenos y animando a Diane a que me diera más fuerte. Fue muy humillante, pues el dolor era tan intenso que no podía evitar quejarme y contonearme. Cuando terminó la paliza Diane me puso unas correas de cuero en torno a la polla y los huevos a las que ató una cadena de perro, y se dedicó a pasearme así por toda la fiesta, luciendo mi trasero enrojecido, con las manos atadas a la espalda.

Julio se sorprendió al notar que las imágenes que tan vivamente había pintado Johnny lo habían excitado. La mismas escenas protagonizadas por una mujer lo habrían puesto a cien, por supuesto, pero él había visualizado claramente el cuerpo desnudo de Johnny sufriendo todas esas ignominias. Johnny había interrumpido su relato y lo miraba fijamente, sin duda dándose cuenta de su reacción.

-Debe resultar muy frustrante estar con una mujer tan guapa y no poder ni siquiera tocarla.

-Pues sí… Pero esa frustración es una parte fundamental de lo que significa ser sumiso. Sin embargo, Diane acabó por dejarme gozar de ella. Cuando los últimos invitados se marcharon me puso a trabajar recogiendo vasos y botellas, pasándole la bayeta a las mesas y las sillas, sacando bolsas de basura a la calle, desnudo como estaba y con el frío que hacía. Aún quedaba mucho trabajo por hacer cuando Diane dio por terminada la faena. Tirando de la cadena que llevaba enganchada a los huevos, me hizo bajar por la escalera hasta el sótano. Allí abrió la puerta de la mazmorra sadomasoquista más lujosa que he visto en mi vida. Había dos paredes que eran todo espejos, y frente a ellas estaban dispuestos un potro, un cepo, varios bancos y hasta un columpio con un asiento al que se le podían enganchar consoladores. Junto la pared de la derecha, que no tenía espejo, había una cama de cuero dentro de un armazón de vigas de madera con un sinnúmero de ganchos y cadenas por todas partes. Me hizo acostarme de espaldas. me ató los brazos en cruz a las esquinas y me suspendió de los pies con las piernas abiertas, las caderas apenas rozando el cuero de la cama. Diciéndome que no quería que se me enfriara el traserito durante la noche, me volvió a zurrar con la pala de madera. Luego me bajó los pies, me los encadenó a los pies de la cama, me dio un besito de buenas noches y se fue, apagando la luz. No dormí muy bien esa noche. Tenía una erección descomunal y unas ganas enormes de masturbarme, cosa que por supuesto era completamente incapaz de hacer. Me preguntaba qué estaría haciendo Diane, si se habría ido a acostar con su marido, aunque recordaba que en mitad de la fiesta él se había subido al piso de arriba con una pelirroja preciosa. Me desperté cuando Diane encendió la luz, sin saber qué hora era. Estaba completamente desnuda, preciosa, con el pelo aún mojado de salir de la ducha. Se sentó a mi lado, me besó y me preguntó qué tal había dormido, como si tal cosa, mientras acariciaba casualmente mi polla empalmada. Luego repitió el tratamiento de la noche anterior: mis pies ascendieron hacia el techo y la pala de madera descendió sobre mi trasero, que no tardó en volver a adquirir su tono rojo encendido. Atado de nuevo a la cama, Diane reposó su cuerpecito desnudo sobre el mío, volviéndome loco de deseo. Estuvo así un rato, restregándose contra mí y dándome besitos en los labios, en el cuello, en los pezones. Cuando pensé que no podía más, se arrodilló a horcajadas sobre mi cabeza e hizo descender su lindo culito sobre mi cara. No hizo falta que me dijera lo que tenía que hacer; me lengua salió disparada hacia su ano y me puse a chuparlo como si fuera el manjar más delicioso del mundo. Soltando risitas de placer, ella fue ajustando su postura para que pudiera lamérselo todo: culo, vagina y clítoris, y a acabó por dejarme la cara chorreando con sus flujos cuando se corrió. Y luego, cuando pensaba que ya había terminado todo, ¡oh, éxtasis!, se colocó a caballo sobre mis caderas y se penetró conmigo. Me folló a conciencia, a veces deprisa, a veces despacio, al ritmo que le marcaba su placer, sin que yo pudiera moverme. Le dije que no aguantaba más, que iba a correrme, que no podía hacer nada para evitarlo. Ella me cruzó la cara y se puso a insultarme, llamándome marica, nenaza, violador, cabrón… todo lo que se le venía a la cabeza, mientras no dejaba de cabalgarme con brío. No sé si ella llegó a correrse, porque cuando lo hice yo tuve un orgasmo tan intenso que perdí consciencia de todo. Así era con Diane; nunca he disfrutado tanto con ninguna otra mujer.

(Continuará)

domingo, 7 de septiembre de 2014

Historia de una derrota

Mapa del transcurso de la Guerra Civil española
Éste es un fragmento más de la novela que estoy escribiendo, "Contracorriente".

El conferenciante era un hombre mayor, pero alto, erguido y atractivo. Cecilia calculó que rondaría los setenta años, basándose en el hecho de que debía tener más de veinte cuando empezó la Guerra Civil. Sin embargo los años no habían conseguido doblarle el espinazo ni despojarle de su cabellera de rizos rebeldes. Se movía con gestos bruscos y energéticos. En su habla se notaba un ligero acento mejicano.

El aula del Colegio Nicolás Salmerón estaba llena hasta los topes. Sin duda, los organizadores del PCE no habían contado con que su exigua publicidad iba a atraer a tanta gente. “La Guerra Civil vista por un agente de la República en el extranjero”, decían las cuartillas fotocopiadas con una foto irreconocible del conferenciante que habían pegado en los muros de las obras, las farolas y las paredes del metro.

Hubo una breve introducción en la que el conferenciante fue calificado de “luchador por la clase obrera”, “héroe del pueblo” y “defensor del proletariado”. Cuando le llegó el turno, él sonrió con modestia y negó con la cabeza.

-No soy proletario, ni obrero, ni mucho menos un héroe. Mis padres eran profesionales de clase media, cultos y progresistas. Me enviaron a un buen colegio de la Institución Libre de Enseñanza en Madrid, y luego a la Escuela de Ingenieros de Caminos. Tuve suerte: la guerra comenzó justo el verano en que terminé la carrera. Mientras estudiaba me había vuelto muy activo políticamente, colaborando con las campañas de las Juventudes Socialistas en apoyo del Frente Popular, así que enseguida me vi en el centro de todo el follón. Yo estaba del lado de los socialistas de Julián Besteiro, a quien admiraba por su actitud racional y moderada.

Cecilia escuchaba fascinada. Recordaba vagamente quién era Julián Besteiro de cuando había leído “La Guerra Civil Española” de Hugh Thomas. El conferenciante pasó a relatar su servicio en las milicias del frente del Guadarrama. No duró mucho allí. Su activismo político combinado con sus conocimientos de ingeniería y de inglés pronto lo convirtieron en asesor militar encargado de la organización logística de la guerra. Viajó mucho, visitando los frentes de la Mancha, Guadalajara y Aragón. Estuvo un rato contándoles interesantes anécdotas de su experiencias con las comunas anarquistas que se habían organizado en varios pueblos. Cecilia notó que nunca se refería a los enemigos de la República como los “nacionales”; al principio de la guerra eran los “sublevados”, luego “franquistas” o “fascistas”.

En el verano del 38, habiendo perdido la cornisa cantábrica, con los fascistas cortando la comunicación entre el centro y Cataluña, y amenazando Valencia, la República había decidido lanzar una ofensiva desesperada en la Batalla del Ebro. La operación tenía una finalidad tanto militar como propagandística: las tensiones de Inglaterra y Francia con la Alemania nazi habían alcanzado un punto crítico, lo que le había dado al gobierno de Negrín renovadas esperanzas de que la contienda española se viera asimilada en una guerra europea a gran escala. O que, al menos, los ingleses y los franceses entendieran por fin que apoyar a la República estaba a favor de sus propios intereses. Como parte de esa labor y debido a sus conocimientos de inglés y de logística militar, al conferenciante se le encargó ir a Inglaterra a reforzar de la misión diplomática en Londres dirigida por el embajador Pablo de Azcárate.

El conferenciante daba paseos nerviosos de un lado al otro, las manos en la espalda, mirando más al suelo que a su audiencia.

-No me hizo ninguna gracia tener que dejar España. Me parecía cobarde irme a un destino seguro en el extranjero mientras mis compañeros morían como moscas en el frente. Además, yo tenía una amante en Madrid de la que estaba muy enamorado, y no me permitían llevármela a Londres conmigo. Me aterraba la idea de que pudiera morir durante mi ausencia. Al final tuve que aceptar; en una guerra es importante mantener la disciplina y obedecer órdenes.

Detuvo sus paseos, encaró a la audiencia y se frotó la barbilla, pensativo. Durante unos segundos se hizo un extraño silencio en el aula. Luego prosiguió su charla.

La firma del Tratado de Munich: Mussolini, Hitler, Deladier y Chamberlain
-Mi destino en Londres me resultó incómodo desde el principio. Yo soy un hombre práctico, me gusta la acción; las intrigas y los vericuetos de la diplomacia iban contra mi carácter. Me resultaba difícil contener mis ganas de liarme a golpes con esos ingleses tan estirados que se negaban a comprender la magnitud de lo que estaba sucediendo en España. En cierto modo, era peor que luchar en el frente. Cada día nos traía nuevas frustraciones. Los ingleses, bajo el gobierno de Neville Chamberlain, se habían negado a apoyar a la República desde el principio y no había manera de hacerles cambiar de opinión. El mismo Churchill, por aquella época, no era mucho mejor que Chamberlain. Incluso se negó a darle la mano a Azcárate una vez. Eran todos unos hipócritas, cerrando los ojos no sólo al sufrimiento del pueblo español sino al desastre que les deparaba el futuro. La política de supuesta “no intervención” sólo servía para que Hitler y Mussolini le enviaran más y más armas y tropas a Franco, mientras que nosotros sólo contábamos con el apoyo de Stalin por el que pagábamos un altísimo precio político. Azcárate se concentraba en denunciar los crímenes de los fascistas, como los bombardeos de la población civil por los aviones alemanes. Teníamos la esperanza de que finalmente los ingleses y los franceses acabarían de ver la verdadera naturaleza de Hitler y Mussolini, y que eso los podría de nuestro lado. Lo malo es que había muchos conservadores en el gobierno británico que odiaban a los comunistas por encima de todo. Temían que la revolución de la clase obrera que había ocurrido en España se extendiera también por Inglaterra. Muchos confiaban en que Hitler comenzaría una guerra con Stalin y que ambos se destruirían mutuamente, dejando a las potencias capitalistas instaladas en el poder.

Hizo una nueva pausa, con un gesto atormentado. Cecilia tuvo la impresión de que seguía luchando en la Guerra Civil como si no hubiera pasado el tiempo.

Los Sudetes (1), en lo que hoy es la República Checa
-Entonces, a finales de septiembre, ocurrió el desastre… el suceso que nos hizo perder la guerra y dio la puntilla a la República. No me refiero a la Batalla del Ebro… creo que hubiéramos podido resistir el embate de los fascistas si no hubiéramos estado tan completamente desmoralizados. Me refiero a los Acuerdos de Múnich. Fue un pacto vergonzoso, en el que Inglaterra y Francia le cedían a Alemania los Sudetes, que eran parte de Checoeslovaquia, para así intentar postergar una guerra inevitable. Con los Acuerdos de Múnich se terminaron nuestras esperanzas de que los ingleses le declararan la guerra a Hitler y se pusieran de nuestro lado.

Se peinó el pelo hacia atrás con los dedos y empezó otra vez a caminar de un lado al otro, agitado.

-Yo ya no tenía nada que hacer en Londres. Pedí permiso para volver a España, pero me lo negaron. Ese mes de octubre las cosas empeoraron rápidamente para la República Española. Las fuerzas franquistas fueron reconquistando poco a poco el territorio que habían perdido en la Batalla de Ebro. En noviembre y en diciembre empezaron a avanzar otra vez. Entraron en Cataluña, barriendo nuestras defensas. Yo ya no aguantaba más, si no volvía a España enseguida perdería la oportunidad de reunirme con mi novia. Ella acabaría atrapada en una España franquista mientras yo permanecería exiliado en el extranjero… Si es que no le ocurría algo horrible. Conchita era muy joven, una adolescente apenas. Había perdido a sus padres en los bombardeos de Madrid.

Cecilia se tensó de repente, presa de un súbito reconocimiento.

-¡Ay, Cecilia, suéltame! ¡Me haces daño! -se quejó Malena.

Inconscientemente, le había estado apretando la mano a Malena.

-¡Es él, Malena! ¡Es Jesús!

-¿Quién es Jesús?

-¡Shhh! ¡Calla!

-Por fin, a primeros de año, me dieron permiso para volver a España -continuó diciendo Jesús-. La cosa no era nada fácil: los franquistas avanzaban rápidamente por Cataluña, así que cruzar la frontera estaba fuera de cuestión. Mi única oportunidad era coger un barco en el sur de Francia que me llevara a Valencia, Alicante o Cartagena, en la zona de costa que aún estaba en poder de la República. Viajé hasta Marsella sin mayor problema, pero apenas había barcos que zarparan para España. En varios que lo hacían no me quisieron admitir. Pasó una semana, luego otra. El 26 de enero cayó Barcelona y una enorme masa de refugiados entró en el sur de Francia. Las autoridades francesas empezaron a buscarme para meterme en uno de los campos de refugiados. Por fin conseguí que unos marineros comunistas me metieran a escondidas en un barco con destino Alicante.

Jesús parecía haberse olvidado de su audiencia, era como si hablara consigo mismo.

-No llegué a Madrid hasta bien entrado febrero. La situación en la ciudad era lamentable: había mucha hambre y todo el mundo daba la guerra por perdida. Conchita se alegró muchísimo al verme, temía que me hubieran matado. Estaba demacrada. En el apartamento donde vivía hacía un frío horrible, llevaban todo el invierno sin calefacción. Yo apenas pude mejorar su situación, mis antiguos amigos no podían ayudarme.

A Cecilia se le saltaron las lágrimas. Ya no le quedaba ninguna duda de que estaba oyendo la historia de su madre de labios de ese extraño en el que había pensado tantas veces.

-¡Cecilia! ¿Qué te pasa? ¡Estás llorando! -Le dijo Malena alarmada.

-¡Calla, Malena! Luego te lo cuento.

Jesús se detuvo en sus paseos, pareció darse cuenta de que estaba dando una conferencia para gente a la que poco le importaban sus problemas personales.

Juan Negrín
-Acababa de celebrarse una reunión de comunistas en Madrid. A duras penas, en medio de un clima de derrotismo, habían acordado seguir la lucha hasta el final. A los que pensábamos así nos llamaban los “Numantinos”, pues como los antiguos habitantes de Numancia preferíamos morir peleando. Yo, por mi parte, me reuní con mis antiguos compañeros socialistas, quienes me contaron que había en marcha un plan para rendirse a Franco, liderado por los más altos mandos del ejército republicano: el coronel Casado, el coronel Muedra y el general Matallana. Por desgracia, mi antiguo héroe Julián Besteiro era también uno de los cabecillas. La noticia me dejó anonadado. Por lo visto, Casado y sus compinches pensaban entregar a los líderes comunistas a Franco para ganarse su perdón. ¡Cómo habíamos podido llegar al extremo de conspirar unos contra otros, de planear abiertamente una traición a la República! Además, gracias a la información a la que había tenido acceso en Londres, yo sabía que rendirnos a Franco sería un desastre. Los fascistas habían promulgado una ley que criminalizaba a todos los políticos de izquierdas de la República, incluso los que habían sido elegidos años antes de la guerra. No me cabía ninguna duda de que una rendición a Franco acabaría en un baño de sangre. Decenas de miles de personas serían ejecutadas. También estaba seguro de que, a pesar de los Acuerdos de Múnich, la paz de Inglaterra y Francia con Hitler no iba a durar. Si conseguíamos aguantar unos meses más, la ansiada guerra europea vendría a rescatarnos. Resolví unirme en secreto a los comunistas, que eran los únicos que estaban decididos a seguir luchando. La mayor parte de los socialistas y de los anarquistas apoyaban a Casado. Sin embargo, mantuve mis contactos con los socialistas para así tener acceso a información sobre el golpe de estado que estaban preparando. No me fue difícil; en realidad, no hacían gran cosa por ocultar sus planes.

-¡Cecilia! ¿Qué está pasando? ¿Quién es ese hombre? -le volvió a preguntar Malena con impaciencia.

-El novio de mi madre durante la guerra… ¡Calla, por favor! No me quiero perder nada de lo que diga.

-Así fue como me enteré de que Casado se había reunido con dos espías de la Quinta Columna franquista -seguía contando Jesús-. Hice todo lo posible para comunicárselo al gobierno de Negrín, pero no lo conseguí hasta que vino a Madrid el 24 de febrero. El día antes, Casado había prohibido la publicación de Mundo Obrero por urgir continuar la resistencia.

-¿El novio de tu madre? ¡Ah sí, el de la foto! ¿Pero cómo puedes estar segura de que es él?

-Estoy segurísima. Mi madre es la Conchita de la que habla. ¡Ahora cállate, por favor!

-Negrín y los comunistas, viendo que estaba de su lado y que poseía información valiosa, tanto nacional como internacional, me invitaron a una reunión muy importante del gobierno en Elde, un pueblo de la provincia de Alicante que se había convertido en la capital provisional de la República. Yo no sabía qué hacer… Por un lado, estaba dispuesto a trabajar por la República, hasta el final. Por el otro, no quería abandonar una vez más a Conchita, quien me necesitaba desesperadamente. Al final ganó mi conciencia revolucionaria y me fui a Elde. La situación era desoladora. Inglaterra, Francia y un montón de países más acababan de reconocer al gobierno de Franco, Azaña había dimitido como Presidente de la República y nadie sabía qué hacer para impedir un avance demoledor de los franquistas. Mientras tanto, el coronel Casado y el general Matallana campaban a sus anchas diciéndole a todo el mundo que pensaban rebelarse contra el gobierno… ¡Se lo dijeron hasta al mismísimo general Miaja, el defensor de Madrid! Negrín conocía perfectamente las conspiraciones de Casado, pero no hacía nada para atajarlas. A principios de marzo tuvo lugar un incidente vergonzoso en Cartagena. Negrín había nombrado a Francisco Galán, un comunista, como jefe de la base naval. Pero cuando acudió a ocupar el cargo se encontró con que el almirante Buiza estaba sublevado contra el gobierno. Al final acordaron hacer zarpar a la flota republicana, con ellos dos, Buiza y Galán, a bordo. Aprovechando la oportunidad, unos quintacolumnistas falangistas salieron de sus escondrijos y se hicieron con el control del centro de Cartagena. Menos mal que al día siguiente una brigada de comunistas llegó desde Valencia y acabó con ellos. Encima, consiguieron hundir al Castillo de Olite, un buque franquista que traía refuerzos. Mientras tanto, Casado permanecía en Madrid desobedeciendo órdenes explícitas de Negrín de presentarse en Elda.

Cecilia se sintió tentada de ponerse en pie y gritarle: “¡Jesús, soy la hija de Conchita!” Pero, además de que eso sería una grave falta de etiqueta, se moría de ganas de oírle contar por qué al final terminó abandonando a su madre en Madrid. Si sabía que la hija de Conchita estaba entre su audiencia, quizás cambiaría su historia. Decidió que sería mejor abordarlo al final de su conferencia.

-Todo eso me hizo darme cuenta de que si Casado daba su golpe de estado en Madrid y los comunistas se atrincheraban en Elde, me arriesgaba a quedarme otra vez separado de Conchita. Decidí volver a Madrid enseguida. No conseguí transporte hasta el seis de marzo, que resultó ser demasiado tarde. Ese mismo día Casado dio por fin su golpe de estado y formó el Consejo de Defensa Nacional. Las tropas comunistas que guardaban las afueras de Madrid se sublevaron de inmediato contra Casado y entraron en la ciudad. Sin noticias de lo que estaba ocurriendo, un grupo de compañeros comunistas y yo nos dirigíamos a Madrid. En las afueras nos topamos con las tropas de Cipriano Mera, un dirigente anarquista que estaba del lado de Casado, quienes nos detuvieron y nos cogieron prisioneros. Pasé una noche horrible, pensando que mis compañeros y yo íbamos a ser entregados a los franquistas como parte de las condiciones de rendición. Sin embargo, al día siguiente nos liberaron. Más tarde me enteré de que Negrín tenía en su poder al general Matallana y que Casado lo había amenazado con fusilar a todos sus ministros si no lo liberaba. Negrín accedió a liberar a Matallana y Casado le correspondió liberando a sus prisioneros comunistas, nosotros entre ellos. A pesar de todo, Cipriano Mera no nos permitió continuar el viaje hasta Madrid. Nos mandó con una escolta de vuelta a Elde. Allí nos encontramos con que Negrín, el resto del gobierno y los principales dirigentes comunistas acababan de abandonar España en avión. Mis compañeros de viaje encontraron sitio en un barco que los llevaría a Francia, pero yo seguía decidido a volver a Madrid. No tuve suerte, nadie quería ir en esa dirección. Al contrario, cada vez llegaban más refugiados del interior. A los pocos días lo casadistas acabaron de derrotar a los comunistas en Madrid.

Cipriano Mera, líder anarquista
Jesús hizo una pausa. Se volvió a pasar los dedos entre el pelo. Siguió hablando en voz más queda.

-Me enteré de que había una orden de detención contra mí… Al parecer, al final los socialistas se habían enterado de que le había estado pasando información al gobierno de Negrín. O quizás no fuera eso… en realidad, estaban persiguiendo a todos los comunistas. Se me volvió a presentar una oportunidad de coger un barco para Francia, y esta vez la aproveché. Si no lo hubiera hecho seguramente habría acabado delante de un pelotón de fusilamiento de los franquistas. Aún y así, me he arrepentido toda mi vida de coger ese barco.

Esto último lo dijo en voz tan baja que Cecilia apenas alcanzó a escucharlo. Después, como despertando de un sueño, añadió con su habitual voz decidida:

-Y ese es el final de la historia que os puedo contar… La República Española duró sólo unos pocos días más. Si queréis conocer lo que pasó en esos días tendréis que leer los libros de historia, porque yo no lo presencié. Muchas gracias por vuestra atención.