domingo, 28 de diciembre de 2014

Dominando a Marcos

Éste es un fragmento de mi novela Desencadenada, en el que encontramos a Cecilia en un rol poco habitual en ella. 

Nada más entrar en la habitación del Hotel Los Ángeles, Marcos encendió otro cigarrillo. Se puso a danzar una especie de baile nervioso.

-Apágalo -le dijo Cecilia.

-¿Qué? -la miró, incrédulo.

-Que apagues el cigarrillo y te desnudes.

-Serás tú la que te tienes que desnudar, que para eso te pago.

Cecilia se le acercó despacio. Los tacones de las botas la hacían tan alta como él. Se paró muy cerca de él, sin tocarlo. Sin dejar de mirarle a los ojos, le quitó el cigarrillo de entre los dedos y lo aplastó en el cenicero. Marcos la dejó hacer, fascinado. Cecilia lo agarró suavemente de las solapas y lo atrajo hacia sí.

-Creo que no has entendido bien lo que te dijo el Chino -le dijo sin subir la voz-, tienes que hacer todo lo que yo te diga. Y aguantar todo lo que yo quiera hacerte, lo que te será aún más difícil. Si te portas como un valiente tendrás tu recompensa. ¡Te lo vas a pasar de puta madre, ya lo verás!

-Ya, porque tú lo digas… -dijo, escéptico.

-Confía en mí. Venga, bájate los pantalones.

Él dio un paso atrás, mirándola con sospecha.

-Antes dime qué me vas a hacer.

-Mira, me estoy cansando de tus tonterías. Voy a contar hasta tres, y si no te has bajado los pantalones, me piro. Uno…

Marcos se desbrochó el cinturón, se bajó la cremallera y dejó caer los pantalones al suelo.

-Eso está mejor. Ahora quítate la chaqueta.

Marcos tiró la chaqueta sobre la cama.

-No seas desordenado. No querrás que te doble yo la ropa, ¿no? Venga, ponla en esa silla.

Marcos recogió la chaqueta de la cama. Fue a llevarla a la silla que ella le indicaba, pero se dio cuenta de que los pantalones le impedían andar. Se quedó dudando si quitárselos.

-¡Venga, que no tenemos toda la noche!

Marcos fue hasta la silla dando traspiés. Colgó la chaqueta en el respaldo. No estaba tan mal, ahora que se había quitado su estúpida indumentaria. Tenía las piernas bonitas, musculosas, y cara de niño caprichoso.

-Ahora bájate los calzoncillos.

-¿Y tú cuándo te vas a desnudar?

-Cuando me salga de las narices -dijo tranquilamente-. ¿Qué pasa, que tengo que volver a contar?

Marcos se bajó los calzoncillos de un tirón. Su expresión oscilaba entre el temor y la ira.

Cecilia se le volvió a acercar. Esta vez le dio un besito en los labios.

-¡Eso está muy bien! ¿Ves? creo que nos vamos a entender muy bien, tú y yo.

Le cogió el pene suavemente entre los dedos. En un segundo lo tuvo completamente duro. Lo soltó de inmediato. Marcos resopló, impaciente.

Afuera se oyó un trueno, retumbando entre los edificios.

-No te muevas, ahora mismo vuelvo.

Sacó del bolso una cuerda fina y suave. Con ella en la mano, se arrodilló delante de él. Marcos le puso la mano en el pelo, sin duda esperando una felación. Ella se la apartó de un cachete. Le acarició los huevos, rodeándole el escroto con los dedos y estirando hacia abajo como le había enseñado Johnny. Le pasó la cuerda por detrás de los testículos.

-¡Pero qué coño haces! ¿Te has vuelto loca?

Marcos la apartó de un empujón, haciéndola caerse de culo en el suelo en una postura muy poco digna, enseñando las bragas. Tuvo que apoyarse en la cama para volver a ponerse en pie. No era fácil, con esos tacones tan altos. Se ajustó la minifalda. Volvió a oírse un trueno, como una advertencia de que ese tipo de juegos podían resultar peligrosos. Metió la cuerda en el bolso y se dirigió a la puerta.

¡Todo esto ha sido una estupidez, diga lo que diga el Chino! Es una pena, me estaba poniendo muy cachonda.

-¡Espera, no te vayas! -le suplicó Marcos.

-Lo siento, Marcos, creo que todo esto no ha sido una buena idea -le dijo con franqueza-. El Chino te devolverá el dinero.

-Perdona, tía… ¡Perdóname, joder! Es que me asusté. No me di cuenta de lo que hacía.

Sonaba como un niño atemorizado delante de la maestra.

-Muy bien, si no quieres que me vaya tendrás que aceptar un castigo.

-¿Qué castigo? -dijo alarmado.

-Unos buenos azotes en el culo.

No va a aceptar eso ni borracho. ¡Mejor, así terminamos de una vez con esta farsa!

La polla de Marcos, que había empezado a flaquear, se volvió repentinamente rígida como una estaca.

-¿Me vas a hacer mucho daño?

¡Vaya, si te tengo en mi poder! ¿Así que eres un pelín masoca, eh Marcos?

-¡Pues claro que te voy a hacer daño! Si no, no sería un castigo.

-No se lo irás a decir a las otras ¿no?

-Lo que pase hoy en esta habitación no lo sabrá nadie, te lo prometo. Entonces, ¿aceptas tu castigo?

-Bueno -dijo con voz casi imperceptible.

-Ponte a gatas en la cama.

Esta vez Marcos la obedeció sin rechistar. Poniendo una rodilla sobre la cama, Cecilia apoyó su mano izquierda sobre la cadera de Marcos, subiéndole la camisa para descubrirle bien el trasero. Tenía un culo estrecho, de nalgas alargadas, la piel muy blanca, casi sin vello. Empezó a pegarle flojito, pero enseguida arreció los golpes. Quería oírlo quejarse y lo consiguió. La piel blanca pronto adquirió un bonito tono sonrosado, volviéndose suave y cálida al tacto. Tuvo que obligarse a parar; hubiera seguido azotándolo durante horas, pero Marcos no era Johnny.

-Espero que esto te sirva de lección. Si no te portas bien, te volveré a pegar. Ahora túmbate bocarriba.

Él hizo lo que le pedía. Tenía el rostro ruborizado, la polla muy tiesa.

Cecilia sacó del bolso la cuerda, el lubricante y los guantes de látex. Mejor que Marcos supiera lo que se avecinaba, para que no hubiera más sorpresas.

-Ahora escúchame -le dijo sentándose en la cama a su lado-. Te voy a atar los cojones con esta cuerda. No te preocupes, que no te va a hacer daño. Es para que no te corras antes de tiempo. Ya se lo he hecho antes a otros tíos y no ha pasado nada.

-Y los guantes, ¿para qué son?

-Para darte un masaje anal-. Él abrió los ojos, asustado. Se apresuró a seguir, para tranquilizarlo-. Luego vamos a follar, largo y tendido, y tú no te vas a correr hasta que yo te lo permita. ¡Verás lo que vas a disfrutar!

Deseó poder estar tan segura como sonaba.

-¿No me vas a dejar que te toque?

-Si te portas bien y te dejas hacer lo que te he dicho, podrás tocarme todo lo que quieras mientras follamos. Ahora estate quietecito. Nada de empujones, ¿eh?, o te ato las manos y te vuelvo a zurrar.

-No me moveré, te lo prometo-. Metió las manos bajo la nuca para que viera que era verdad.

Los testículos se le habían apretado contra el cuerpo. Tuvo que estar un rato estirándole y masajeándole el escroto para ablandárselo. Lo rodeó con varias vueltas de cuerda, dejándole los huevos apretados al extremo de un largo pedúnculo de piel.

-¿Ves como no duele?

Marcos se incorporó para examinar su faena

-Me da un poco de miedo. ¿Estás segura de que no me va a pasar nada malo?

-Lo único que te va a pasar es que no te vas a poder correr hasta que te quite la cuerda.

-¿Entonces, para qué me vas a… hacerme lo otro?

-Porque te va a poner en el estado de ánimo en el que yo te quiero. Y además te va a gustar, ya lo verás.

-Creo que me voy a morir de vergüenza.

Cecilia le sonrió. Sabía perfectamente cómo se sentía. Se tumbó sobre él y lo besó en los labios con ternura.

-Es lo normal -le susurró, acariciándole la cara y mirándolo a los ojos-. Pero no voy a dejar que me folles si antes no te follo yo a ti. Ya sé tus secretos. Te gustó que te pegara, ¿a que sí? Pues esto aún te va a gustar más. Voy a ser tu maestra, la que te va a descubrir todos los misterios de tu cuerpo. Tendrás que compartir todas tus intimidades conmigo. Y si te da vergüenza, pues peor para ti.

Él asintió levemente.

Cecilia le desabotonó la camisa con gestos juguetones. Se la abrió y le acarició los pezones hasta que se le pusieron duros. A continuación se arrodilló a su lado, se puso un guante en la mano derecha y se untó el dedo índice con lubricante.

-Vuélvete -le ordenó.

Marcos gimió como un crío cuando se sintió penetrado. Su cuerpo se tensó. Cecilia le dio un par de azotes con la mano izquierda, al tiempo que se abría camino más profundamente con la derecha. Él pareció resignarse, pero su respiración seguía siendo agitada. Le costó un buen rato alcanzar el bulto redondo que Johnny le había enseñado que era la próstata. Se la empezó a masajear.

-¿Qué, te gusta esto?

-Me hace sentirme muy raro. Me dan ganas de mear.

Eso no era lo que se esperaba. Recordó que Johnny le había dicho que el tío tenía que estar excitado para que diera resultado.

-¿Ves? A esto le llaman ir a por lana y salir trasquilado -empezó a decirle con su voz más seductora-. Querías follarme y soy yo la que te follo. Luego te dejaré que me la metas. Pero antes me tendrás que comer bien el conejito. Porque no querrás metérmela a palo seco, ¿no?

El cuerpo de Marcos dio una sacudida, empezó a mecerse al compás del movimiento de su dedo.

-¿Ves? Ya te decía yo que te iba a gustar. Si es que estabas muy nervioso. Esto te va a dejar más suave que un guante. Tan suave como mi conejito por dentro. Verás lo que vas a disfrutar, follándolo largo y tendido.

Continuó su tratamiento un buen rato, hasta que él empezó a gemir y a suspirar de placer y ella empezó a sentir la urgencia de su propio deseo. Se incorporó y se quitó el guante. Se metió los dedos de las dos manos en el pelo, peinándoselo hacia atrás, sacudiendo la melena.

-Quítate la camisa, pero déjate los pantalones y los calzoncillos en los tobillos.

Se desnudó ante él, sin dejar de sonreírle, contoneándose en un pequeño striptease. Él la miraba, embelesado. Su verga se irguió rápidamente.

Cecilia se sentó en la cabecera de la cama, abriendo mucho las piernas.

-Cómeme -le ordenó.

Aunque Marcos no era tan experto como Johnny, no le faltaba entusiasmo. La hubiera llevado hasta el orgasmo con su lengua, pero ella no se lo quiso permitir.

-Y ahora, por fin ha llegado el momento que has estado esperando.

Marcos hizo ademán de incorporarse, pero ella le puso la mano en el pecho y lo hizo volver a echarse sobre la cama. Su polla había recuperado toda su gloriosa rigidez. Le puso un condón y se colocó a horcajadas sobre él.

-Coge aire y contén la respiración -le dijo.

Marcos la miró sorprendido, pero hizo lo que le pedía. Ella le agarró la verga y se penetró con ella hasta quedar sentada sobre su pelvis, completamente empalada. Se relajó, buscando reducir el abrazo de su vagina sobre el pene.

-Ya puedes respirar… Respira hondo y despacio.

-¿No me vas a dejar que me mueva?

-No, me voy a mover yo. Quieres que dure, ¿no?

Alargó la mano, buscando la cuerda con la que le había atado los cojones. Se puso a deshacer el nudo. Era complicado hacerlo sin mirar, pero no quería interrumpir su penetración.

-¿Sientes que te vas a correr?

Él negó con la cabeza.

Cecilia apoyó las manos sobre su pecho para empezar un movimiento de vaivén suave, subiendo y bajando en torno a su pene. Marcos alargó una mano y le acarició una teta, con la otra le estrujó el culo.

-Bueno, tú verás lo que haces… -le dijo con picardía.

-No me voy a correr. Todavía no.

-¿Vamos, entonces?

-¡Venga!

Lo cabalgó cada vez más rápido, apretándole el pene con la vagina en las subidas, abriéndose a él en las bajadas. Para su sorpresa, aun con eso Marcos no eyaculó.

Aguantas, ¿eh? ¡Pues a tomar por saco!

Cerró los ojos y se abandonó a su placer, siguiendo el ritmo que le pedía el cuerpo. Las manos de Marcos le estrujaban la teta y el culo. Empezó a gemir, a gritar.

-¡Ahora, Marcos, ahora! -rugió cuando sintió que el clímax era ya inevitable.

En medio de las oleadas del orgasmo sintió vagamente las pulsaciones del pene de Marcos bombeando semen dentro de ella. Quiso dejar de gritar. Apretó los labios, pero los alaridos continuaron. No salían de su boca, sino de la de Marcos.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Dios no es bueno

Vista de la estación de esquí de Valdesquí desde La Bola del Mundo, con Peñalara al fondo
Éste es un fragmento del capítulo 2 (Cumplir la penitencia) de mi novela Juegos de amor y dolor. Contiene una sesuda conversación entre la protagonista, Cecilia, y Julio, un chico que está enamorado de ella. Cecilia ha sido adoctrinada durante toda su juventud por el Opus Dei pero últimamente está pasando por una crisis de fe. Julio es agnóstico y aquí le presenta argumentos muy sólidos contra la existencia del Dios del cristianismo. He añadido a este fragmento tres notas que no aparecen en la novela. La siguiente edición de esta novela incluirá notas como estas hiper-enlazadas desde el texto. No sé cuándo publicaré esta tercera edición, ya que la voy preparando al mismo tiempo que traduzco la novela al inglés.

***

Una vez en las pistas de Valdesquí, Cecilia bajó esquiando hasta la taquilla a comprar el abono. Luego tuvo que soportar varias colas interminables hasta que consiguió volver a lo alto de la montaña. Se puso a esquiar en la pista de Valdemartín, la más difícil, pero incluso allí había demasiada gente. Empezó a volverle el mal humor y la frustración de los días anteriores. Para colmo, mientras esperaba en la cola del telearrastre un imbécil derrapó encima de ella y la tiró al suelo. Iba a empezar a gritarle, pero se quedó con la boca abierta, confundida. Era Julio. Se echó a reír.

-¡Pero bueno! ¿Tú qué haces aquí?

-Es que me gusta esquiar, ¿no te lo había contado?

-¡Tonto, como no lo voy a saber! Pero… ¡qué casualidad que hayamos subido el mismo día! Y luego encontrarnos en medio de tanta gente, ¿no?

-De casualidad nada. Te vi desde el telearrastre y llevo dos bajadas intentando alcanzarte. ¡Si es que esquías como una loca, chica!

-Pues mira lo que has conseguido: ahora tendré que confesarme de haberte visto otra vez.

-Pues lo siento… A lo mejor, si me voy enseguida, no cuenta.

-Sí que cuenta, así que quédate, total… Además, me has puesto de buen humor. Llevaba un montón de días echando humo por las orejas.

-¿Y eso?

-No sé… Tengo parciales, y esta vez me está costando mucho trabajo estudiar. Me distraigo continuamente. Intento esforzarme y sólo consigo ponerme de mal humor. No sé lo que me pasa…

Sabía que no era una buena idea hablarle de eso, precisamente a él. Pero es que si no se lo contaba a alguien iba a explotar. Julio se le acercó, le puso la mano en el hombro y le dijo al oído:

-Yo sí que lo sé.

-¿Ah, sí? ¿Qué?

-Te pasa lo que a mí, que me he enamorado… de ti, Cecilia. Ya te lo dije.

Se le quedó mirando, boquiabierta, sin saber si lo decía en serio o en broma.

-¿Te crees que estoy todo el rato pensando en ti? ¡Eres un engreído!

-¿Acaso no es eso? Dime la verdad. Tú nunca mientes.

-Bueno, sí que pienso un poco en ti -le confesó-, pero también en otras cosas.

-No se le pueden poner barreras a los sentimientos, Cecilia. Por eso no puedes concentrarte. A mí me pasa lo mismo: estoy todo el rato pensando en ti.

-¿Tú tampoco puedes estudiar?

-Bueno, me las apaño… A veces me pongo a soñar despierto contigo, pero al cabo de un rato se me pasa y me puedo volver a poner a estudiar. Claro que sería mejor poder verte de vez en cuando… Yo creo que a ti también te vendría bien, seguro que así estudiabas mejor.

Les llegó el turno de coger el remonte. El telearrastre era para dos: una especie de ancla de madera en la que cada esquiador se colocaba a un lado del poste central.

-No Julio, ya te he dicho que lo nuestro no pude ser -le dijo cuando se pusieron en marcha.

-¿Y por qué no?

-Porque me lo prohibió mi confesor. Dice que eres una mala influencia.

-Pues en eso tengo que darle toda la razón.

-¡Tonto! Te estoy hablando en serio.

-Y yo también. Desde su punto de vista, no puedo ser peor para ti: alimento tus dudas de fe y te seduzco con mis apabullantes encantos.

-Y encima me haces reír.

-Bueno, eso no es pecado.

-Contigo seguro que sí. Bueno, ahora en serio… Don Víctor me dijo que alguien no puede ser buena persona si no es creyente. Yo se lo discutí: hay personas que no son creyentes y que sin embargo hacen el bien. Por otro lado, hay cristianos que han hecho cosas horribles. La cosa se puso fea cuando sugerí que la propia Iglesia ha sido cómplice de muchas atrocidades.

-¡Qué quieres que te diga! Tienes toda la razón, por supuesto. Pero tienes que entender el problema en profundidad. Hay dos escalas de valores, la religiosa y la humanista. Por un lado, los cristianos definen el bien como la voluntad de Dios, que por lo visto consiste en que creamos en Él; por lo tanto, alguien que no cree no puede ser bueno. Por otro lado, los humanistas definen el bien como algo que beneficia a los seres humanos, con lo que todo el mundo puede hacer el bien y no hace falta la fe.

-Sí, es lo mismo que me explicaste en el hotel de Perpiñán.

-¡Huy! No quería sacar a colación esa noche… Ya sé que no te gusta que te la recuerde.

Cecilia suspiró.

-¡Bueno, ya no tiene remedio! Y la verdad es que tuvimos una conversación muy interesante hasta que… Pero sigue con lo que me estabas contando.

-Pues eso… Para los católicos, las acciones apenas tienen importancia si no hay fe. Algunos protestantes incluso lo llevan al extremo, dicen que la fe es lo único que importa, las acciones no cuentan para nada. De una forma u otra eso lleva a problemas prácticos muy peliagudos. Si los no creyentes somos malvados, entonces está justificado hacernos la guerra, o recurrir a todo tipo de coacciones y amenazas para hacernos creer.

Llegaron al final de la subida. Cecilia se desenganchó del telearrastre y dio dos pasos de patinador a la izquierda.

-¡Sígueme! -le gritó a Julio.

Valdesquí - La flecha indica la roca bajo la cual tiene lugar la conversación de Cecilia y Julio
Fue costeando hacia dos grandes escarpaduras de roca que hay casi en la cima del cerro de Valdemartín. En un lugar tranquilo bajo ellas se echó en la nieve, clavando la cola de los esquíes para hacer una V, las piernas en alto. Julio la imitó. Los dos se quedaron mirando al cielo, que conforme avanzaba el día se había vuelto cada vez más azul.

-Este es mi sitio favorito -le dijo a Julio-. Siempre vengo aquí a relajarme y a disfrutar de la paz de la montaña.

-Bueno, relativamente; aún se oye el ruido del telearrastre. Yo sí que he estado en sitios de montaña donde no se ve un alma y solo se oye el ruido del viento.

-Pero para estar en una estación de esquí, no está nada mal, ¿no? … En cuanto a lo que me decías antes, creo que estás equivocado. No hay contradicción entre las dos definiciones del bien que tú me has dado, porque la voluntad de Dios es precisamente que hagamos el bien a los demás. En eso consiste el humanismo cristiano.

-El humanismo cristiano no es más que una quimera, un invento reciente para responder a las críticas de los humanistas de verdad. El humanismo es una filosofía en la que el hombre es lo más importante; si lo más importante es Dios, yo no es tal humanismo. En cualquier caso, esa solución que tú me has dado lleva a un problema aún más peliagudo. Un problema que los teólogos cristianos nunca han logrado resolver: el de la teodicea.

-¿Teodicea? ¿Qué es eso?

-Teodicea quiere decir defensa de Dios. Es un término que inventó Leibniz (1)…

-¿El matemático que inventó el cálculo diferencial?

-Sí, aunque también fue un gran filósofo. Mucha gente se refiere a este problema como el problema del mal, pero yo creo que es más adecuado llamarlo el problema de la teodicea, porque lo que está en cuestión, en definitiva, no es si existe el mal sino si existe el Dios bueno en el que creéis los cristianos.

-¡Pero eso es absurdo! ¿Cómo no va ser Dios bueno?

-Bueno, vamos a verlo… Partimos de la base de que Dios es omnisciente, omnipotente y el creador del mundo. ¿De acuerdo?

-Eso es evidente, ¿no?

-Muy bien. El caso es que existe el mal en el mundo: enormes cantidades de enfermedades, muerte y sufrimiento. Si Dios ha creado el mundo, también ha creado el mal. No se le puede disculpar a Dios diciendo que Él no se da cuenta del sufrimiento que causa, porque si no lo supiera, no sería omnisciente. Y tampoco se pude decir que Dios no puede hacer nada para remediar el mal del mundo, porque si eso fuera verdad, no sería omnipotente. Por lo tanto, la única conclusión posible es que Dios creó el mal siendo consciente de lo que hacía, por lo tanto, Dios no es bueno.

-¡No puede ser! Tiene que haber algún fallo en ese razonamiento. Dios tiene que ser bueno porque Él mismo es el que decide lo que está bien y lo que está mal.

-¿Ves? Volvemos a lo que te decía antes: esa es la definición religiosa del bien. La definición humanista del bien es lo que es bueno para los seres humanos. Por lo tanto, si quieres, la existencia del mal en el mundo pone de manifiesto que la definición religiosa y la definición humanista del bien son mutuamente incompatibles, al contrario de la lo que tú me decías antes.

-Todo eso es un planteamiento muy simplista. Se basa en nuestro desconocimiento de la naturaleza del mal. Si lo comprendiéramos, entenderíamos por qué Dios lo permite.

-No, Cecilia, no me líes. El mal no es tan difícil de entender, lo experimentamos todos los días, es innegable que existe. Sí, los teólogos intentan justificar la existencia del mal como algo bueno. Pero eso es rizar el rizo; el mal no puede ser bien. Es un argumento bastante simple, por supuesto; precisamente en eso radica su fortaleza.

-Bueno, pero de todas formas ese argumento no excluye la existencia de Dios -dijo, sintiéndose cada vez más acorralada-. De hecho, cada vez existen más argumentos a favor de la existencia de Dios. La ciencia ha ido progresando hacia la idea de que el Universo ha sido creado. Antes se pensaba que el universo podía ser eterno, pero ahora sabemos que fue creado en un instante, el Big Bang (2). Y encima, ahora se ha visto que las constantes fundamentales de la física (3), como la constante cosmológica o la relación entre la fuerza electromagnética y la fuerza gravitatoria, tienen que tener unos valores muy precisos. Si no, no podría haber vida en el universo. Tendríamos un universo sin estrellas, con la materia uniformemente esparcida por todo el espacio, o donde sólo hubiera agujeros negros.

-¿Sí? No lo sabía. ¿Pero a dónde vas a parar con todo eso?

-¡Pues está clarísimo! El universo ha tenido que ser diseñado por un Creador que estableciera que esas constantes tienen precisamente esos valores.

-Me estás vendiendo la moto, Cecilia. Seguro que eso no es lo que dicen los científicos.

-No, por supuesto. Esto me lo explicó Alfonso, mi profesor, que es ateo como tú. Él se inventa otras explicaciones, como que existe una serie infinita de universos, cada cual con un valor distinto de las constantes fundamentales, así que nosotros vivimos en el universo que permite nuestra existencia. Pero el creer que existan infinitos universos no se basa en ninguna evidencia científica. La existencia de Dios resulta mucho más plausible.

-Vale, pues muy bien, estoy de acuerdo en eso: es posible que exista un Dios que creó el Universo. Por eso digo que soy agnóstico, no ateo. Sin embargo, estamos en las mismas: no es posible que ese Dios creador sea a la vez bueno, omnisciente y todopoderoso, dado que existe el mal en el mundo. Otras religiones ofrecen mejores soluciones para el problema del mal. Por ejemplo, en el Hinduismo el Ser Supremo, Brahama, tiene facetas buenas y facetas malas: Vishnu, el que cuida de la Creación y Siva, el que la destruye. Incluso está la diosa-demonio Kali…

-Pero tú no crees en eso, ¿no? -Lo interrumpió angustiada-. Tú no crees que Dios sea malo.

-No, yo no creo en Dios. Es mejor no creer en Dios que creer en un Dios malvado, ¿no te parece?

-¡No, Dios no es malvado! Lo que pasa es que tuvo que crear el mal para que los hombres tengamos libertad, para que podamos escoger entre el bien y el mal.

-Sí, esa es una de las respuestas clásicas, pero no tiene sentido. Hay muchos males que no elegimos sino que nos vienen impuestos, las enfermedades, por ejemplo. De hecho, ese tipo de males disminuyen nuestra libertad en vez de aumentarla. Si Dios fuera realmente omnipotente le habría sido posible crear un mundo sin mal, pero en el que fuéramos libres.

-Pero, de hecho, Dios creó el mundo sin mal alguno. Antes no existían las enfermedades y la muerte, todo eso empezó con el pecado original.

-Pues estamos en las mismas, Cecilia. ¿Por qué tuvo Dios que crear la posibilidad de que hubiera un pecado original? Eso es ser un poco perverso, ¿no? Es como el padre que deja un paquete de caramelos encima de la mesa y les prohíbe a sus hijos que los coman. ¿Para qué crear la tentación, en primer lugar?

Demasiado tarde, Cecilia se dio cuenta de su error. Le había ido a Julio con un problema, y él le había devuelto uno aún mayor. Una vez comenzada esa conversación, su curiosidad le había impedido terminarla, y ahora se veía sin argumentos para rebatir los de Julio. Lo peor de todo es que iba a ser difícil consultar el problema con don Víctor sin confesarle que había vuelto a ver a Julio. Tenía que haber salido corriendo nada más verlo.

-Bueno, será mejor que me vaya -dijo apenada.

Sacó la cola de sus esquís de la nieve y los dejó caer a un lado. Se puso trabajosamente en pie. Julio hizo lo mismo.

-Lo siento, no debería haberte contado todo esto, -dijo él-. Me he dejado llevar por mi entusiasmo por mis ideas, como siempre. Ya me conoces: cuando me embalo a pensar no hay quien me pare. Soy como tú esquiando.

-No, si soy yo la que me lo he buscado, no debería hablarte de estas cosas. Eres muy listo, Julio. Demasiado. ¿Ves? Por eso precisamente no puedo verte.

-Quédate y nos dedicamos a esquiar solamente, ¿vale? No más filosofía.

-¡Sí, ahora que el daño ya está hecho! -Le dedicó una sonrisa triste-. El caso es que me tengo que ir dentro de nada. Tengo que atravesar esquiando hasta Navacerrada para coger el autobús y con lo pesada que está la nieve se tarda cantidad.

-¿Has venido en autobús? Esa travesía a Navacerrada se las trae. Es mejor que te vuelvas en coche con nosotros.

-¿Y quiénes sois “nosotros”?

-Laura, su amiga Cristina y yo.

-¿La famosa Laura?

-La famosísima Laura.

-¿Y cómo es que no estás esquiando con ellas?

-Estuve con ellas toda la mañana, pero no esquían demasiado bien, sobre todo Cristina. Al final se cansaron y se metieron en el bar, y yo aproveché para venirme a esquiar aquí a Valdemartín.

-Así que sigues saliendo con ella.

No podía evitarlo, cada vez que se imaginaba a Julio con Laura le entraban celos.

-No me estoy acostando con ella, si es eso lo que quieres saber. Pero la veo todos los días en clase y hemos estado subiendo a esquiar los fines de semana. Te hubiera invitado, pero como no quieres verme…

-No creo que a Laura le guste que vaya con vosotros.

-¡Qué, va, al contrario! ¡Si está deseando conocerte!

-¿Le has hablado de mí?

-Le he dicho que nos hicimos muy amigos en Los Alpes. ¿Qué, te vienes con nosotros?

-Bueno, si a Laura no le importa…

-Oye, ni una palabra de lo que te conté Perpiñán sobre ella, ¿eh? -Le advirtió Julio.

-¿Qué te crees, que soy idiota?

-Luego me arrepentí de habértelo contado. Seguramente te molestó que te describiera esa escena tan íntima.

-¡Qué va, al contrario! Me pareció un regalo muy especial que me hacías… Pero entiendo que a Laura le importe que me lo contaras.

-Ya… Lo que te molesta fue lo que pasó luego, ¿no? Lo siento, Cecilia, de verdad. No fui capaz de cumplir mi palabra.

-No fue culpa tuya, Julio. Fui yo la que te lo pedí, lo recuerdo perfectamente. Así que déjalo, ¿vale? No estoy enfadada contigo; si no te quiero ver es por otros motivos… Creo que ya los sabes.

-Sí… Qué pena, ¿verdad?

Cecilia se colocó las gafas de esquiar sobre la cara.

-¡Venga, a esquiar! ¡El último en llegar a la cola es un mono saltarín!

Fue una tarde preciosa de esquí. El sol sesgado del atardecer brillaba con una luz dorada que marcaba cada pequeña irregularidad, cada grumo de nieve en las laderas, envolviendo a todo en una magia irreal que transportaba a Cecilia de vuelta a su adolescencia, cuando aprendió a esquiar en esas mismas pistas en los cursillos que organizaba el club del Opus Dei. Ya no hablaron de más temas serios en los remontes, solo bromearon y se contaron historias de la universidad, de sus padres, de sus hermanos. Esquiaron como le gustaba a Cecilia, a toda velocidad, levantando cortinas de nieve en cada viraje, gritándose y riendo, hasta que el cartel de cerrado en el telearrastre les obligó a bajar al aparcamiento, las piernas doloridas por el ejercicio agotador.


Notas

1. Leibniz - Gottfired Wihelm von Leibniz (1646-1716) es un famoso matemático y filósofo alemán. Descubrió el cálculo diferencial independientemente y al mismo tiempo que Isaac Newton y es su notación matemática la que usa en la actualidad para ello. Julio se refiere aquí a que Leibniz usó la palabra “teodicea” (la defensa de Dios) como título de uno de sus libros sobre filosofía. En él Leibniz defiende la postura opuesta a la que expone Julio: que la existencia del mal en el mundo no contradice la existencia de un Dios a la vez omnipotente y bondadoso porque en realidad vivimos en el mejor de todos los mundos posibles. Es decir, el mal que existe en el mundo es inevitable. Leibniz también justifica la existencia del mal como necesaria para que los humanos tengamos libre albedrío, la misma justificación que esgrime Cecilia.

2. Big Bang - La teoría del Big Bang (“Gran Explosión”) es la teoría actualmente aceptada sobre el origen del Universo. Sostiene que el Universo empezó hace 13,800 millones de años cuando toda la materia, la energía y el espacio estaba contenida en un solo punto (singularidad), que pasó a formar una explosión de materia primordial a presiones y temperaturas extremas. A partir de ahí el Universo siguió expandiéndose y enfriándose, creándose estrellas y galaxias, hasta llegar al estado actual. El Universo seguirá enfriándose hasta llegar, en un futuro muy lejano, a un estado de “muerte térmica”. A partir de su formulación en los años 20, esta teoría ha sido confirmada por multitud de observaciones astronómicas de distintos tipos, que incluyen el alejamiento mutuo de las galaxias, la estructura a larga escala del Universo y el trasfondo cósmico de radiación de microondas (“microwave cosmic background”, que representa la radiación producida por el Big Bang). Uno de los formuladores de la teoría del Big Bang fue el sacerdote católico Georges Lemaitre. Cecilia se refiere al hecho de que antes de la teoría del Big Bang muchos científicos pensaban que el Universo es eterno, lo que contradecía la historia bíblica de la creación. Al descubrirse que el Universo en realidad tiene un principio, esto abre la puerta a poder considerar que el Universo fue creado por Dios. Sin embargo, mucho científicos argumentan que la idea de que el Universo es creado es innecesaria, ya que a nivel de partículas subatómicas se dan acontecimientos sin causa (fluctuaciones cuánticas). Una de esas fluctuaciones pudo dar origen al Universo.

3. Las constantes fundamentales de la física - En sentido estricto, estas constantes son valores numéricos presentes en las ecuaciones fundamentales de la física que son adimensionales, es decir, que tienen el mismo valor en cualquier sistema de unidades. Ejemplos son la constante de estructura fina (que determina la fuerza de la interacción electromagnética entre fermiones y fotones), la constate de acoplamiento gravitacional y la relación de masas entre el protón y el electrón. Este término también se ha usado para referirse a constantes físicas universales pero que tienen dimensiones, como la velocidad de la luz, la permitividad eléctrica del vacío y la constante de Planck. Cecilia se refiere aquí a lo que más tarde se llamaría el “Principio Antrópico” y al problema del “Ajuste Fino” (“Fine Tuning”) del Universo. Este problema surgió cuando los científicos se dieron cuenta de que si las constantes fundamentales tuvieran valores ligeramente distintos a los que tienen no existiría vida en el Universo, ya que no se podrían formar ni estrellas ni planetas. Existen dos formulaciones del Principio Antrópico para dar respuesta al problema del Ajuste Fino. El Principio Antrópico Fuerte defendido por John Barrow y Frank Tipler sostiene que esto es así porque el Universo está destinado a dar lugar a vida consciente y pensante. El Principio Antrópico Débil, sostenido entre otros por Brandon Carter, dice que el Ajuste Fino del Universo se debe a un simple sesgo de muestra: sólo en un Universo capaz de generar vida consciente habría seres preguntándose por qué viven en un Universo con esas características tan especiales. El Principio Antrópico Débil gana más fuerza en el contexto de la idea, cada vez más aceptada, de que nuestro Universo nos es más que uno entre una infinidad de universos posibles, cada uno con valores distintos de las constantes fundamentales. Cecilia argumenta que el Principio Antrópico Fuerte apoya la existencia de Dios. El problema de “Ajuste Fino” y los Principios Antrópicos no salieron a la luz pública hasta los años 80. Sin embargo, el citarlos aquí no es un anacronismo porque en realidad Brandon Carter mencionó el Principio Antrópico en una conferencia en Cracovia (Polonia) en 1973. Como estudiante de física, Cecilia pudo haberse enterado de esta cuestión y haber comprendido como podía usarse para respaldar la fe cristiana.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Sexo de alta tecnología

Curby, el cockapoo
Honey, I’m home!

Michel lanzó el saludo habitual con la apropiada voz cantarina nada más entrar en su mansión de Beverly Hills. Era un juego que le encantaba a Ashley, basado en un antiguo programa de televisión que veía cuando era pequeña. Él anunciaba su llegada a casa y ella corría a darle un beso de bienvenida en la puerta y a llevarle la cartera.

Pero hoy no, por lo visto. El único que apareció fue Curby, que se puso a dar saltos impresionantes a su lado y a ponerle las patas encima.

¿Dónde se habría metido Ashley? Michel subió las escaleras hacia su dormitorio, seguido de cerca por Curby, que no paraba de dar saltos a su alrededor a pesar de los esfuerzos que hacía Michel por ignorarlo. Al abrir la puerta lo recibió una oleada de calor. El hogar de gas estaba encendido, así como un montón de velas distribuidas por toda la habitación: encima de las cómodas, de las mesillas de noche, del armario y, peligrosamente, de la televisión plana de 48 pulgadas. Michel tiró su chaqueta encima de la cama y buscó el mando a distancia para apagar el fuego. Apagó las velas que había encima del televisor y las puso sobre la cómoda.

-¿Qué haces?

Ashley había salido del cuarto de baño vistiendo una combinación rosa muy sexy y sus zapatillas favoritas, que imitaban a conejos de peluche, largas orejas y ojos de vidrio incluidos. Era una chica menuda con curvas peligrosas, pelo rubio muy corto y chispeantes ojos azules.

-¡Eh, no me apagues las velas! -Dijo con voz de reproche.

-Sólo estas, chérie… Van a meter cera en el televisor, ¿no lo ves?

-Y el fuego… ¿por qué has apagado el hogar?

-Es que hace mucho calor…

-¡Pero si estamos en noviembre! La semana que viene es Thanksgiving, y las navidades están a la vuelta de la esquina. ¿Qué tiene de malo poner la chimenea en otoño?

-Sí, otoño y todo lo que quieras, pero hoy tenemos vientos de Santa Ana. ¿No has notado el calor que hace fuera?

-Yo sólo quería crear buen ambiente para ti. ¡Y tú llegas y empiezas a estropearlo todo! -Dijo con un mohín de disgusto.

Michel le enlazó la cintura con los brazos y la atrajo hacia sí

-¡Oh, chérie, si yo te lo agradezco un montón? ¿Esto quiere decir que ya me has perdonado y vamos a volver a hacer el amor?

-Sí, pero…

Michel no la dejó terminar. La empujó hacia la cama hasta que Ashley tropezó y cayó de espaldas sobre ella. Le levantó el camisón rosa sobre sus muslos perfectos hasta descubrir unas preciosas braguitas de encaje violeta.

-Para, Michel… ¡Para! … Antes tenemos que hablar.

Michel se detuvo y la miró a los ojos.

-¿Sí, chérie?

Ashley se incorporó y palmeó el colchón para indicarle que se sentara junto a ella. Michel así lo hizo. Curby, que había estado dando vueltas nerviosas por la habitación, aprovechó la ocasión para montar la pierna de Ashley, bombeando con sus caderas de forma obscena. Michel intentó quitárselo de encima, pero Curby le lanzó una dentellada y siguió con su faena.

-¡Oh, este maldito perro!

-No digas eso, Michel. Lo que le pasa es que es muy cariñoso.

-Pero, chérie, no puedes dejar que te haga eso. Es indecente, ¿no te das cuenta? ¿No habíamos quedado en que lo ibas a llevar a esterilizar?

-Sí, pero esta mañana Tiffany me ha dado una idea mejor, así que lo he llevado a que lo vea Amanda.

Sin detener su bombeo, Curby insinuó el hocico bajo la combinación de Ashley. Eso fue demasiado incluso para ella, quien se lo quitó trabajosamente de encima, lo llevó hasta la puerta del dormitorio y lo echó fuera.

-¿Y quién es Amanda?

-Es una psicóloga psíquica capaz de comunicarse con la mente de las mascotas. Muchas estrellas de cine acuden a ella.

Oh, la-la, la-la, la-la! ¿Y se ha comunicado Amanda mentalmente con Curby?

-Sí… Bueno, no exactamente… Le hizo su horóscopo y le echó las cartas. Vio que, efectivamente, Curby tiene una fuerte compulsión sexual. Las cartas dijeron que es un problema grave que lo puede llevar a una muerte prematura si no se trata adecuadamente . Así que nada de esterilizarlo, eso lo mataría.

-¿Pero entonces qué vamos a hacer? No pensarás dejar…

-¡Por supuesto que no, Michel! Le tendremos que buscar perritas que lo tengan satisfecho.

-¿Cruzarlo? Pero, ¿quién va querer cachorros de Curby? Ni siquiera es de pura raza.

-¡Cómo que no! Curby es un cockapoo, un perro de diseño, cien por cien caniche y cien por cien Cocker Spaniel. A mi madre le costó una fortuna. Mucha gente se daría con un canto en los dientes por tener sus cachorros.

-Pero un perro no puede ser cien por cien un cosa y cien por cien otra…

Ashley le dirigía una mirada escéptica con conocía harto bien. Imposible discutir de matemáticas con ella. Además, había cosas más importantes de qué hablar.

-Bueno, dejemos a Curby por ahora. ¿Qué hay de nosotros?

-Sí, claro, nosotros… De eso también he estado hablando con Amanda.

-¿Con Amanda? ¿Pero no era especialista en animales?

-Y también en personas. Es una psicóloga muy buena… Y como además es vidente enseguida entiende todo lo que pasa. Estuve hablando con ella casi dos horas.

-¿No le habrás contado…?

-¿Lo de Brittany? ¡Por supuesto que se lo he contado! Esa es la clave del problema, ¿no?

-Pero, chérie, si ya te he pedido perdón mil veces por eso. Además, hace meses que no veo a Brittany…

-¡Claro que no la ves! Porque ella te dejó… ¿Te crees que no lo sé? Tiffany es amiga de una amiga suya, y me lo ha contado todo. Te dejó porque no le hacías bien el cunnilingus. Por lo visto, te ligó porque pensaba que al ser francés lo sabrías hacer muy bien. ¡La muy zorra!

-Bueno, ¿y qué te dijo Amanda? ¿Te aconsejó que hicieras el amor conmigo? Porque supongo que no habrás hecho todo esto por nada… -Dijo señalando a las velas que ardían por toda la habitación.

-Claro… ¡Si es que no me dejas que te lo explique! Me dijo que hice bien en fiarme de mi intuición y no dejar que me penetraras, porque el problema de fondo es que tenemos una relación sexual demasiado coitocéntrica. La penetración es para ti una forma de expresar tu agresividad y tu voluntad de dominarme. Pero ese deseo de dominar que tenéis los hombres es imposible de satisfacer, cada vez queréis más, así que necesitáis a otras mujeres para…

-¡Pero eso no es verdad, chérie! El hacer el amor no es expresar mi dominación, ni mi agresividad, sino el amor que siento por ti… Lo de Brittany fue un simple error, el dejarme llevar por la tentación. Le pasa a mucha gente, pero no volverá a ocurrir, te lo juro. ¡Yo sólo te quiero a ti! ¡Tú eres la mujer de mi vida!

-Bueno, pues si es verdad que me quieres tendrás que ser capaz de entender mis sentimientos… Y ayudarme a curarme de esta herida que tú mismo me has hecho.

-¿Y qué tengo que hacer?

Ashley de dirigió una de sus sonrisas más encantadoras mientras sus ojos brillaban con entusiasmo.

-¡Amanda ha tenido una idea maravillosa! Verás, te lo voy a enseñar…

Ashley sacó del armario dos cajas de cartón blanco. Se sentó con una de ellas en las rodillas. En la caja había una foto de un vibrador de aspecto sofisticado.

-¿Un vibrador?

-Sí. A partir de ahora vamos a practicar sexo de alta tecnología, limpio y sano. Nada de penetraciones… que, tendrás que reconocer, son un poco asquerosas, con tanto mocos y tantas secreciones.

Mais tu es devenue complètement folle!

-No me hables en francés, Michel, que no lo entiendo. Habla en inglés, que para eso estamos en América.

-Pero, chérie, si tú siempre me has dicho que mi acento es lo que más te gusta de mí, y que es muy romántico cuando te hablo en francés.

-Pero no ahora, Michel. Ahora estamos hablando de algo muy serio y necesito entender lo que dices.

-Bueno, pues he dicho que te has vuelto completamente loca. ¿Cómo vamos a hacer el amor con un vibrador? Eso es completamente artificial, falso e inhumano. No se puede comparar con la intimidad del contacto cuerpo a cuerpo, el sentir los músculos tensarse y relajarse, el estar uno dentro del otro… Además, esos mocos y esas secreciones de las que hablas no son asquerosas, sino algo natural…

-¿Ah, sí? Pues cualquiera lo diría viendo cómo reaccionas cuando me haces el cunnilingus ese…

-Eso fue una vez, chérie, te lo he explicado mil veces. Fue que me había sentado mal la comida.

-Ya… ¿Eso es lo mismo que le dices a Brittany?

Michel suspiró.

-¿Es que no podemos tener una conversación decente sin que saques a relucir a Brittany?

-Eso es lo que estoy intentando hacer, pero tú no me escuchas. Dices que estoy loca sin siquiera dejar que te explique lo que hace este aparato.

-Vale, muy bien, ¿qué hace?

-No es un vibrador, Michel, es mucho más sofisticado que eso. Se llama iCum y es capaz de producir unos orgasmos fuertísimos.

-¿Sí? ¿Y cómo?

-¡Ay, Michel, no me pidas que te explique cómo funciona, que ya sabes que soy una negada para la tecnología! Amanda me lo explicó con pelos y señales, pero ahora no me acuerdo. Mira, aquí lo explica todo…

Asley abrió la caja y sacó un grueso libro de instrucciones. Michel lo ojeó. Era tan grueso porque contenía información en más de una docena de idiomas. Las instrucciones en inglés no eran más de cuatro páginas.

“¡Tiene usted en sus manos la maravilla tecnológica que traerá una nueva Revolución Sexual! El iCum-F es la llave para expandir su capacidad sexual hasta límites insospechados. No se deje engañar por las apariencias, el iCum-F no es un simple vibrador, sino un instrumento que combina sofisticados sensores para medir el nivel de excitación del clítoris con una gama de estimuladores capaces de reclutar todas y cada una de las fibras nerviosas del aparato genital femenino. Por supuesto, el iCum-F es capaz de producir cualquier tipo de vibración conocido hasta la fecha, pero nuestro equipo de investigadores descubrió que la vibración mecánica no es la manera más eficaz de estimular el clítoris. La clave del placer está en la estimulación eléctrica, que el iCum-F es capaz de modular en intensidad y frecuencia para llevarla a usted al éxtasis. Al mismo tiempo que estimula sus fibras nerviosas, el iCum-F mide la impedancia de la mucosa del clítoris para estimar su grado de excitación. Para eso se ayuda también de un pulsioxímetro láser que mide a la vez la irrigación sanguínea, la presión arterial y la frecuencia cardíaca. Todo esto es integrado en el cerebro del iCum-F, un diminuto ordenador que…”

 -No pensarás pasarte toda la tarde leyendo eso.

-¡No, no claro! -Dijo Michel cerrando el libreto-. Desde luego, es verdad que es mucho más avanzado que un simple vibrador.

-¡Ves! Si es que no te fías de mí. A veces pienso que crees que soy tonta.

-¡No digas eso, chérie! ¡Cómo voy a pensar eso de ti! ¿Y qué hay en la otra caja?

Ashley le dedicó una sonrisa traviesa, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

-Lo otra caja es para ti. ¿No habrás pensado que yo sólo me preocupo de mi placer, no?

Ashley abrió la caja y sacó cilindro mucho más grueso que el iCum-F.

-Éste es el iCum-M, para hombres. ¿Ves? Por este agujero metes el pene. Al fondo hay un dispositivo que estimula el glande de la misma forma que el iCum-F estimula el clítoris. Pero tiene un montón de cosas más… Amanda me lo explicó todo, pero ahora mismo no sería capaz de acordarme de todos los detalles.

-Bueno, vamos a ver…

Michel encontró el folleto y se dispuso a leerlo.

-¡Ay, no te pongas a leer eso ahora! -dijo Ashley arrebatándole el folleto-. ¿Para qué te crees que he preparado la habitación así? ¿Cómo salón de lectura?

-Pero tendremos que ver cómo funciona esto -protestó Michel, dándole vueltas a su iCum-M-. ¿No se puede abrir? Porque si me corro dentro, habrá que limpiarlo, digo yo.

-Eso sí que te lo puedo explicar. ¿Ves? Para eso están estas cosas.

Ashley sacó una bolsa de plástico de la caja del iCum-M. La abrió y extrajo un redondel de goma de dentro.

-Son insertos desechables de caucho natural para poner dentro de tu iCum-M. Cuando lo usas, lo tiras y la próxima vez pones uno nuevo.

-Ya veo… Vaginas de usar y tirar -dijo riéndose de su propio chiste.

-¡Tonto! Como ves, es un sistema de lo más higiénico. Se acabó el cambiar las sábanas después de hacer el amor.

-¡Si es que tú eres una exagerada! ¡Ni que mi semen fuera venenoso! Oye… ¿y cuánto te han costado estos juguetitos?

-Novecientos noventa y nueve dólares. Más impuestos, claro.

-¡Virgen santa! ¿Los dos o cada uno?

-Cada uno. ¡Venga, Michel, si tú siempre dices que el dinero no es problema! ¿Qué puede ser más importante que nuestra vida sexual?

-Pero es que esto no es nuestra vida sexual. Estos chismes sólo sirven para masturbarse, que es distinto.

-Para masturbarse no, para hacer el amor. Porque no pensarás usar tu iCum cuando no estás conmigo, ¿no?

Ashley fruncía el ceño de una manera que indicaba que sólo había una respuesta posible.

-No, claro… Pero, chérie, aunque usemos los iCums a la vez, eso no es lo mismo que hacer el amor…

Ashely lo derribó sobre la cama y se le puso encima, juguetona.

-¡Tonto! ¿Te crees que no sé lo que tú quieres? Podrás tocarme todo lo que quieras: el culo, las tetas, lo que te apetezca… Pero en vez de metérmela a mí, se la metes al iCum. Verás como sabe tratártela muy bien.

-Eso no suena muy romántico…

Ashley lo besó ferozmente en los labios.

-¡Venga no seas tan negativo! Vamos a probar.

Tras una frustrante demora por ciertas dificultades en ponerle el inserto al iCum-M, por fin entraron en faena. Michel se puso a manosear a Ashley pero ella, cuando vio que él no tomaba la iniciativa, se bajó las bragas ella misma y corrió a aplicarse su iCum-F al clítoris. Michel se quedó mirando su cara de éxtasis sin saber muy bien lo que hacer. Finalmente, agarró su iCum-M, lo lubricó e introdujo cautelosamente su pene en él.

El aparato se cerró como un cepo sobre su polla, iniciando movimientos ondulatorios subiendo y bajando sobre la verga. No era desagradable, pero sí un tanto amenazador sentirse así atrapado. Pero entonces empezó lo bueno. Una exquisita descarga eléctrica le atravesó el frenillo, seguida de suaves vibraciones y deliciosos chispazos de energía estática. Pensó que no iba a tener más remedio que correrse enseguida e intentó sacar la polla del iCum para que evitar la eyaculación inminente, pero el chisme no parecía estar dispuesto a soltarlo. No obstante, la estimulación de su punto de placer se detuvo, siendo remplazada por nuevos masajes a lo largo de su verga endurecida.

Luego todo empezó otra vez.

-¡Ah, chérie, c’est vraiment magnifique! Tenías razón, este cacharro sí que sabe cómo dar placer.

 Pero Ashley, tendida a su lado, no lo escuchaba. Se sacudía espasmódicamente en lo que parecía ser el orgasmo más intenso de su vida.

***

Honey, I’m home!

Ashley escuchó el saludo cantarín con el que Michel anunciaba su llegada a casa. Hacía tiempo que se había cansado de ese juego estúpido de hacer de ama de casa de los años 50, pero no tenía corazón para decírselo a Michel. Menos mal que Curby se encargaba de darle la bienvenida cuando ella estaba ocupada, como en ese momento. Aguzó el oído esperando oír el acostumbrado sonido de uñas arañando el parqué, pero nada… ¿Dónde se había metido ese estúpido perro? Tendría que ser ella quien le diera la bienvenida a Michel.

Dejó los dos iCums sobre la cama con la bolsa de “vaginas”, como le había dado a Michel por llamarlas. Se miró en el espejo para ver si su maquillaje seguía en regla, se ajustó la tira del camisón en el hombro y salió del dormitorio.

Lo había estado esperando ansiosamente. Llevaban tres días sin poder hacer el amor y eso empezaba a crisparle los nervios. Los padres de Michel habían venido desde París a pasar las navidades con ellos, y a ella le había tocado llevar a su suegra, que no hablaba ni media palabra de inglés, de compras a Rodeo Drive. Ella tampoco hablaba francés, así que no sabía cómo iban a comunicarse, pero Michel había insistido en dejarlas a las dos solas diciendo que comprar era cosa de mujeres. Después de ciertas tensiones resultantes de su fracaso en comunicarle a Madame Nicole lo caras que podían ser las tiendas de ropa en Beverly Hill, su propia madre se había ofrecido en acompañarla.

Y encima hoy, viernes 26 de diciembre, cuando todo el mundo hacía puente, Michel se había empeñado en que tenía que ir a trabajar.

La tentación de usar el iCum ella sola había sido casi irresistible, pero le había prometido a Michel que sólo lo usaría cuando estaba con él. Incumplir esa promesa sería como ponerle los cuernos, se había dicho, y así había conseguido dejar el chisme en su caja todo el día.

-¡Oh, cariño, te he echado tanto de menos! -Le gritó al oído mientras le saltaba encima para abrazarlo con brazos y piernas-. ¡Vamos corriendo al dormitorio, no resisto ni un segundo más!

-¡Ah, chérie, yo tampoco! Pero, por favor, sácame una botella de Perrier de la nevera, que vengo sediento. Tenemos vientos de Santa Ana otra vez.

Asley subía por las escaleras con la botella de Perrier cuando oyó a Michel soltar un grito escalofriante desde el dormitorio.

-¡Arrrg! ¡Mis vaginas! ¡Curby se ha comido mis vaginas!

Cuando abrió la puerta de la habitación contempló un panorama desolador: la bolsa de insertos para el iCum-M yacía sobre la cama, destrozada a dentelladas. Las “vaginas” estaban esparcidas por todo el cuarto. Mientras miraba, Curby cogió una entre los dientes. Sosteniendo el otro extremo entre las patas, estiró hasta que el inserto se desgarró con un sonoro “plob”.

-¡Curby, malo! ¡Muy malo! ¡Mira lo que has hecho!

Curby se limitó a menear la cola y mirarla excitado. Cuando se fue hacia él para darle su merecido, Curby cogió la última vagina intacta y, haciendo un quiebro para esquivarla, salió corriendo por la puerta.

-¡Esto es el colmo! -Gritó Michel enfurecido-. ¡Quiero ese perro fuera de casa! ¡De mañana no pasa!

-Cálmate, Michel. Ya sabes que no podemos echar a Curby de casa, mi madre está enamorada de él desde que nos lo compró. Si lo echamos, al día siguiente te echan a ti del trabajo.

-¡Qué desastre! ¡Nunca debí aceptar que me contrataran tus padres! ¿Qué vamos a hacer ahora?

Michel se sentó en la cama y enterró la cara entre las manos. Ashley se sentó a su lado y se puso a masajearle los hombros.

-Venga, no te preocupes. Seguro que habrá algún inserto que aún puedas usar.

Se pasaron la siguiente media hora recogiendo las vaginas y examinándolas una a una. Curby había sido muy metódico, no quedaba ni una intacta.

-No te preocupes, el lunes mismo voy a ver a Amanda y te consigo una bolsa de insertos nuevos.

-¿El lunes? ¡Pero si estamos a viernes!

-Es que Amanda se va los fines de semana a su chalet de Palm Springs.

Michel miraba dubitativo a su iCum-M.

-A lo mejor se puede usar sin inserto. Total, luego lo lavo bien y ya está.

-No creo que sea una buena idea, Michel…

Pero Michel ya se estaba quitando los pantalones. En cuanto estuvo desnudo se le echó encima y empezó a tocarla por todas partes. Se puso a cien, no tanto por los torpes manoseos y apretujones que le daba Michel como por la inminencia del momento en que iba a usar su querido iCum-F. Al final no pudo resistir más. Ella misma se arrancó las bragas y cogió el iCum-F de su mesilla de noche.

Las primeras deliciosas pulsaciones empezaron a recorrerle el clítoris. A través de los párpados entrecerrados vio como Michel introducía cautelosamente su polla erecta en su iCum-M. Unas exquisitas descargas de estática la hicieron cerrar los ojos. Un grito escalofriante de Michel la obligaron a abrirlos de nuevo, de golpe.

-¡Ay! ¡Ayayayay! ¿Cómo demonios se para esto? ¡Ashely, por favor, apágalo!

Michel luchaba como un cosaco por sacar su pene del aparato, que no parecía estar dispuesto a solárselo.

-No se puede apagar, es automático.

-¡Pues sácale las pilas! ¡Haz algo, joder!

-No tiene pilas, se carga con el USB, ya lo sabes. Te iba a decir que sin el inserto las descargas eléctricas quizás fueran un poco intensas.

-¿Y ahora me lo dices? ¡Ay!

Por suerte el suplicio no duró demasiado. El pobre pene torturado de Michel no tardó en perder la erección ante tan rudo tratamiento y así consiguió liberarse del cepo que lo aprisionaba.

Se quedaron los dos mirándose, sin saber qué decir.

-Michel, por favor, no aguanto más… -le dijo suplicante.

La mirada ansiosa que él le dirigió la hizo temerse lo peor. Se puso a rezar una plegaria para que no se lo pidiera.

-Ya lo sé, chérie… Hazlo tú sola. Yo me quedaré a ver cómo te corres. Eso es placer suficiente para mí.

Soltó un suspiro de alivio y se echó a sus brazos.

-No me esperaba otra cosa de ti. Siempre te has portado como un buen caballero francés. ¡Ay, cómo te quiero!

Mais bien sûr, chérie!

Volvió a cerrar los ojos y a abandonarse a las exquisitas sensaciones que le proporcionaba su iCum-F. Estaba excitadísima. Era vagamente consciente de la presencia de Michel a su lado, acariciándole los pechos, el vientre, el interior de los muslos, pero todo eso palidecía frente a la rigurosa disciplina de placer que le iCum le imponía en el sexo, llevándola a cimas cada vez más altas… Para dejarla colgada en el último momento. Las descargas y las vibraciones bajaban hasta cero justo cuando estaba a punto de alcanzar el clímax.

La tercera vez que le pasó se dio cuenta de que algo no funcionaba.

-¿Qué pasa, Michel? -gimió-. ¡Se para justo cuando estoy a punto de llegar al orgasmo!

-¿No te acuerdas, chérie? La última vez que usamos los iCums decidimos ponerlos en modo “edging”.

-¿Y qué coño es “edging”?

-Pues eso: que te acerca al orgasmo y luego vuelve a empezar.

-¡Me estás tomando el pelo!

-No, chérie. Tú misma me lo pediste porque diste que acabábamos demasiado rápido.

-¡Fuiste tú el que acabaste demasiado rápido! -Dijo furiosa-. ¿Por qué coño tienes que tocar mi iCum?

-No te preocupes, chérie -dijo Michel compungido-. Lo reprogramamos en un momento.

-¡Déjame, ya lo hago yo!

Se levantó de la cama, buscó el cable USB en el cajón de la cómoda y lo usó para enchufar su iCum-F al ordenador portátil.

-¡Este cacharro cada vez tarda más en arrancar! Necesitamos comprar un ordenador nuevo, te lo he dicho mil veces.

Michel intentó masajearle los hombros. Se sacudió sus manos de encima con un gesto airado.

En la pantalla apareció un mensaje:

New hardware 
Looking for drivers…

Se cerró la ventana y enseguida se abrió una nueva, más grande y con fondo negro.

-¡Nooooo! -exclamó con frustración.

Michel se acuclilló a su lado para poder leer la pantalla. Se quedaron los dos mirando el nuevo mensaje:

System update
Please wait
Downloading…

Más bajo había una barra con una pequeña muesca verde en el extremo izquierdo. Sobre ella ponía “1%”. Después de un rato el número cambió a “2%”.

Incapaces de moverse, siguieron mirando durante una eternidad mientras la barra proseguía su curso glacial hacia el 100%.




martes, 2 de diciembre de 2014

Primordial


Alberta se despertó en cuanto oyó la alarma, un débil zumbido en la cabecera de su cama. Bien entrenada, en una fracción de segundo pasó del sueño profundo a un estado de máxima alerta. Cogió las esposas que guardaba bajo la almohada, metió la almohada bajo las mantas y en dos zancadas se colocó tras de la puerta de su dormitorio, completamente desnuda.

El corazón le latía deprisa. ¿Dónde demonios estaba? Hizo un esfuerzo por escuchar, pero sólo se oía el rumor lejano del tráfico. ¡Ahí! El crujir de la baldosa suelta de la cocina… ¿Qué coño hacía en la cocina? Estaría curioseando en su apartamento, pensando que estaba dormida. Demasiado confiado.

Con movimientos lentos, felinos, contrajo y estiró los músculos de las piernas y los brazos, calentándolos como le había enseñado su maestro de artes marciales.

Era aquel chico joven, guapillo… ¿Cómo se llamaba? Pablo… La había llamado cuando leyó su artículo en Magazine Malicieux sobre los juegos de violación. En la entrevista no le pareció un contrincante a su altura, pero al final acabó por darle su dirección y la llave. Prefería hombres fuertes. El juego era más excitante cuando las probabilidades de ganar y de perder estaban igualadas. Cuando ganaban ellos se pasaban la noche haciéndole perrerías, hasta que se cansaban, la follaban y se iban. No le importaba… En realidad, le gustaba. Ese era el ese castigo que se merecía por haberse dejado vencer. Además, le gustaba la violencia, aunque fuera dirigida contra ella.

¡Ah, la dulce, embriagadora violencia!

¡Por fin! ¡Aquí estaba! El haz de luz roja de una linterna bailó un instante sobre la puerta del baño antes de iluminar el dormitorio. Usaba luz roja para ver mejor en la oscuridad; una ventaja menos para ella.

El haz rojizo se detuvo sólo un instante en el bulto de la almohada bajo las mantas. Se había dado cuenta. Como una pantera, Alberta le saltó encima sin apenas hacer ruido.

Cayeron juntos al suelo. La linterna rodó sobre la moqueta trazando círculos rojos en la pared. Alberta logró ponérsele  encima, cogerle la muñeca derecha y cerrar sobre ella una de las esposas. Luego él contraatacó, derribándola de un manotazo. Ella aterrizó sobre las manos y lo golpeó con los pies juntos para impedirle que se levantara. Sin darle un respiro, volvió a agarrarlo. La lucha cuerpo a cuerpo le resultaba más ventajosa. Él intentaba agarrarla por los brazos, pero se le escurrían entre las manos como serpientes delgadas y resbaladizas.

-Esto no es en lo que habíamos quedado -dijo él entre jadeos-. Me dijiste que querías que te violara.

-¿Y qué pensabas, que me iba a dejar? Si me dejo, ya no es violación.

Consiguió ponérsele encima otra vez, atrapando sus piernas en un cerrojo de las suyas. Se apoderó de su brazo izquierdo, pero cuando intentó agarrarle el derecho él lo apartó bruscamente Las esposas le dieron un fuerte golpe en la sien. No sentía ningún dolor, pero pronto un líquido viscoso empezó a bajarle por la mejilla. Eso le dio fuerzas renovadas. Consiguió agarrarle el brazo derecho y doblárselo tras la espalda. Retorciéndoselo, lo obligó a ponerse bocabajo. A caballo sobre su trasero, luchó por apoderarse de su mano izquierda, pero él movía el brazo sin parar para impedírselo.

-¡Suéltame! ¡No tienes derecho a hacerme esto!

-¿Qué pasa? ¿Ya te has cansado de jugar?

-Sí… Déjame.

-¿Así que, como las cosas no han salido como tú quieres, quieres parar? Pero si hubiera sido al revés habrías disfrutado de mí a tu antojo. Es un poco injusto, ¿no te parece?

-¿Qué me quieres hacer?

-Lo mismo que tú a mí: violarte.

-¡Estás loca! ¡Estás como un puto cencerro!

-¡Ah! ¿Y tú no? Donde las dan, las toman, Pablito. Es demasiado tarde para volvernos atrás. Si te suelto ahora, seguro que me atacarías.

-¡No, te lo prometo! ¡Sólo quiero irme!

-Venga, ya verás como al final no es tan malo como piensas.

Quizás fue él, que se dio por vencido; quizás fue sólo suerte, pero al fin consiguió atraparle el brazo izquierdo y cerrar las esposas sobre su muñeca. Lo dejó que ponerse trabajosamente en pie mientras ella encendía la luz. Tenía la cara y la camisa llena de churretes de sangre.

Juguetona, hizo que se acercaba a él para besarlo. Con un par de movimientos rápidos, le desabrochó los pantalones y se los bajó de un tirón hasta los tobillos. Danzó hasta la cómoda y sacó una tijeras de un cajón. Él la miró aterrorizado.

-Tranquilo, que no es lo que piensas. Sólo quiero esto…

Con un par de tijeretazos rápidos le cortó los laterales de los calzoncillos y se los arrancó. Los guardó, junto con las tijeras, en el cajón de los trofeos. Estos completaban la media docena.

Sonriente, se masturbó delante de él hasta que su polla se puso en atención. De un empujón, lo arrojó bocabajo sobre la cama. Él intentó incorporarse, pero ella le saltó encima y empezó a propinarle sonoros azotes en su trasero blanco y redondo. Sólo se detuvo cuando la piel cambió de color a un bonito sonrosado y Pablo ya no pudo contener sus quejas.

La contempló alarmado mientras se ajustaba el arnés a las caderas. Escogió uno de los consoladores más pequeños. No quería hacerle daño, probablemente sería la primera vez.

Hicieron falta unos cuantos azotes más para convencerlo de que su mejor opción era quedarse quietecito y dejarse hacer. Con la ayuda de un poco de lubricante, la penetración resultó menos traumática de lo esperado. Alberta se echó sobre su espalda, dejándolo acostumbrarse a la sensación. Alargó la mano bajo él y le cogió la polla. Estaba dura como una piedra.

-Ves, ya te dije que no iba a ser tan malo como pensabas.

***

Escribí esta historia para participar en el concurso de relatos eróticos de Malicieux Magazine. No gané… De hecho, obtuve muy pocos votos. A los otros relatos que tocaban el tema BDSM tampoco les fue muy bien, así que supongo que esta temática no les gusta a las lectoras de la revista. Pensé que quizás a esta historia le vaya mejor en mi blog.

La historia se basa en una modalidad de BDSM llamada “primal” en Estados Unidos y que yo he traducido como "primordial". Consiste en que los participantes revierten a un estado primitivo, primordial, en el que se acechan y se atacan como animales carnívoros. El que gana somete al vencido, apareándose con él o con ella como le place. Quizás este juego primordial deriva de otra modalidad de BDSM, la del secuestro y la violación simulada, que está mucho más extendida. La diferencia es que en el secuestro quién va a hacer de víctima está pactado de antemano y en el juego primordial no.

Espero que os haya gustado.