martes, 21 de abril de 2015

No estás aquí para pasártelo bien

Continuación de la escena "¡Qué brazos tan fuertes tienes!" De mi nueva novela "Contracorriente (Escenas de poliamor)"

Entreabriendo los ojos, vio a Cecilia sentada en sus talones frente a ellos, mirándolos con ojos lastimeros.

-Está surtiendo efecto, eso de darme envidia -observó.

Beatriz se revolvió en sus brazos.

-¡Ay, perdona! -le dijo a Cecilia-. Se me había olvidado que es tu chico. ¡Qué tonta soy! ¡Si es que veo un hombre así y no me sé controlar! Pero no te preocupes, estoy segura de que tú le gustas mucho más que yo… Sólo soy una chica corriente, más bien feílla. Y encima me vuelvo un poco creída y me tienen que poner en mi sitio… ¡Soy tan estúpida! ¡Sí, estúpida, imbécil, zorra asquerosa…!

Julio la agarró por los hombros y la sacudió para hacerla callar. El tono de Beatriz había ido volviéndose gradualmente cada vez más violento.

-¡Silencio! ¡Aquí mando yo, y si quiero besarte te callas y te aguantas! ¿O tengo que pegarte otra vez?

-Es verdad, Beatriz -intervino Cecilia con voz calma-. Aquí manda él, que para eso es el dominante. A nosotras dos sólo nos queda aguantarnos con lo que quiera hacernos. Para eso me ha traído aquí, para ponerme celosa viendo las cosas que te hace. ¡Y prepárate, que no ha hecho más que empezar!

-No sé por qué digo esas tonterías… -dijo bajando la cabeza-. Seguro que pensáis que estoy loca.

-Loca no sé, pero sí que eres un pelín rara, Beatriz -le dijo con franqueza.

-En todo caso, no soy peligrosa.

-Sólo para ti, por lo visto -observó Cecilia. Le enseñó las muñequeras y tobilleras-. ¿Quieres que se las ponga?

-Sí, será mejor que la atemos antes de que nos haga otro destrozo. Teníamos que haberle hecho caso a Martina. Nos dijo que teníamos que tenerla atada todo el rato.

Cecilia empezó a ponerle las tobilleras.

-¡No me vendéis los ojos, por favor! Me gusta mucho veros.

-No pensaba hacerlo. Yo también quiero verte los ojos.

Le cogió la cara para mirárselos. Eran castaños, grandes y redondos. El ojo derecho se desvió hacia arriba.

-Tengo estrabismo. No me mires… Es muy feo, ya lo sé.

-Pues a mí me parece muy simpático… Tienes unos ojos preciosos, Beatriz.

-Es la primera vez en mi vida que alguien me dice eso… Sois muy buenos conmigo.

-¿Buenos? ¿Después de la paliza que te acabo de dar?

-Fue una azotaina severa, pero muy cariñosa.

-Has dejado de tartamudear  -observó Cecilia mientras le ponía una muñequera.

-Sólo tar-tar-tar… tartamudeo cuando estoy nerviosa.

-¿Y ya no lo estás? -le preguntó él.

-No… No hay nada como una buena paliza para calmarme los nervios.

-¡Menuda masoca estás hecha, Beatriz!

Recordó que le había prometido a Cecilia dejarla tomar la iniciativa. Quizás fuera mejor dejar ver qué se le ocurría hacer con Beatriz. Eso le daría algo de tiempo para hacer sus planes. Beatriz era mucho más imprevisible de lo que había pensado, necesitaba familiarizarse un poco más con ella antes de pasar a juegos más serios.

-Cecilia, ¿por qué no le explicas a esta mocosa cómo tiene que comportarse?

-¡Con mucho gusto, Julio!

Cecilia acabó de cerrar la última hebilla de la muñequera y, de un tirón, hizo que Beatriz se arrodillara en el suelo frente a ella.

-Lo primero que te tiene que quedar claro es que tú no estás aquí para pasártelo bien -le explicó-. Estás aquí para servir a Julio. Tu cuerpo será su juguete esta tarde.

-Sí claro, por supuesto… Perdona, no sé cómo se me ha podido olvidar… Es que es tan simpático que me he puesto a hablar con él como si tal cosa… ¡Qué tonta soy!

Cecilia le dio una bofetada, lo suficientemente fuerte para dejarla herida y desconcertada. Lentamente, se llevó la mano a la mejilla. Cecilia le pinzó los pezones entre el pulgar y el índice y se los retorció hasta hacerla gritar.

-¡Qué sea la última vez que te oigo decir que eres tonta o algo parecido! ¿Me oyes?

-¡Ayyy! Sí, sí, te oigo… ¡Ay, ay, ay, qué daño! ¡Suéltame, te lo suplico!

Cecilia le soltó los pezones. Beatriz se apresuró a cubrírselos con las manos, mirando a Cecilia con reverencia. Julio se sintió impresionado con la firmeza con la que Cecilia se había hecho con la total atención de Beatriz.

-Aquí el único que decide si eres tonta o lista es Julio, ¿te enteras? Si él te llama perra, tú ladras, y si te llama gatita, maúllas. Y, por supuesto, ni se te ocurra volver a pegarte… ¡Mira las marcas que te has dejado! -dijo señalando a las estría rojizas que tenía en los muslos-. Ahora Julio tendrá que dejar sus marcas encima de las que te has hecho tú. ¡Qué vergüenza! ¡Eso no lo hace una buena sumisa!

-Lo siento… Es que pensé que os habíais marchado.

-¡Cállate! Tus excusas no hacen sino empeorar la cosa. Venga, ayúdame a quitarle los zapatos a Julio.

La completa seguridad con la que Cecilia manejaba a Beatriz lo tenía fascinado. De alguna forma se las había apañado para comportarse como la más estricta de las dominantes sin restarle a él la más mínima autoridad. Al contrario, el poder de Cecilia aumentaba el suyo. No queriendo interrumpir la magia del momento, se limitó a mirarlas mientras, una en cada pie, le desataban los cordones y le quitaban los zapatos y luego los calcetines.

-Ahora bésale el pie… No, no lo mires a la cara, mírale sólo el pie… Así.

Cecilia se inclinó hacia delante y se puso a besarle el pie. Beatriz hizo lo propio, mirando a Cecilia de reojo con ansiedad. Como si fuera la cosa más natural del mundo, Cecilia le levantó el pie del suelo y se introdujo su dedo gordo en la boca, chupándoselo como si fuera una golosina. Beatriz la miraba con preocupación. Sin hacerle el menor caso, Cecilia se fue introduciendo en la boca, uno a uno, todos los dedos de su pie izquierdo. Tras un momento de vacilación, Beatriz se metió en la boca el dedo gordo de su otro pie. Desués de los primeros titubeos,  pronto estuvo lamiéndole el pie con la misma dedicación con que lo hacía Cecilia. La humedad y el calor de sus bocas le proporcionaba una sensación deliciosa, tremendamente erótica.

-¡Muy bien, Beatriz! -La animó Cecilia-. Creo que podré convertirte en una buena sumisa.

-Me gusta servir a tu chico. Gracias por enseñarme como tengo que hacerlo.

-Seguro que te han entrado ganas de chupar otra cosa, ¿a que sí?

Beatriz soltó una risita y se puso a lamerle la planta del pie, haciéndole cosquillas.

-Julio, ¿te importa que te desnudemos? -le preguntó Cecilia.

-No hace falta, ya me desnudo yo -dijo sacudiéndose a Beatriz del pie. Las cosquillas empezaban a hacérsele insoportables y no quería perder la dignidad.

-Vale, como quieras… ¡Tú, mocosa, no mires! ¡Date la vuelta! Ahora pon la cabeza en el suelo. ¡Levanta más ese culo! ¡Así! No te muevas hasta que te lo digamos.

La postura humillante de Beatriz le ofrecía una perfecta panorámica de sus nalgas sonrosadas enmarcando ese ano perfecto, ancho y liso. Lamentó que Martina le hubiera prohibido follárselo. Pero a lo mejor sí que podría jugar con él. La idea le puso la verga dura como una piedra justo cuando acababa de quitarse los calzoncillos. Cecilia la miró apreciativamente. Le indicó con un gesto que se volviera a sentar.

-Beatriz, date la vuelta, pero no levantes la cabeza del suelo.

Beatriz hizo lo que se le ordenaba. Cecilia le cogió las manos y se las unió tras la espalda con un mosquetón. Luego la hizo levantar la cara para obligarla a mirar la entrepierna de Julio.

-¡Joder, qué pedazo de polla! -exclamó Beatriz.

-Es bonita, ¿verdad? Tenemos que rendirle el debido respeto, como buenas sumisas. Así…

Cecilia se introdujo su verga en la boca y le propinó una de sus mejores caricias de lengua, levantándole escalofríos de placer por todo el cuerpo. Se le escapó un suspiro. Beatriz lo miraba, alelada.

Cecilia, soltándolo, la descubrió y le dio un bofetón.

-¡No mires a Julio a la cara, sólo a su polla! ¿Qué coño te crees que es esto, una peli porno? Te estaba enseñando lo que tienes que hacer y tú te quedas embobada. ¡Venga, a ver qué tal lo haces tú!

Sujetándole la polla con una mano, agarró a Beatriz por el pelo con la otra para conducirla hacia él.

-Saca la lengua y lámela… ¡Así! Ahora dale un besito, sólo con los labios… Chúpale un poco la puntita… Cuidado, no la toques con los dientes. ¿No te han enseñado cómo se hace esto? Mírame a mí.

Pronto las tuvo a las dos mejilla con mejilla, pasándole las lenguas por toda la polla, alternándose en chuparla. Cecilia controlaba la situación, agarrando su verga con una mano y el pelo de Beatriz con la otra, obligándola a prestar plena atención a lo que hacía. Tan pronto Beatriz se ponía a chuparlo con entusiasmo, Cecilia la separaba y se apoderaba posesivamente de él, dejándola frustrada y expectante. A pesar de lo mucho que disfrutaba del espectáculo, él mismo acabó por sentirse un juguete de los caprichos de Cecilia, atrapado en una montaña rusa de placer y frustración,.

-Ya sabes que a ti también te voy a dar lo tuyo -le advirtió a Cecilia, quien se sacó su verga de la boca y se la metió a Beatriz en la suya para contestarle:

-Por supuesto… Para eso hemos venido, ¿no?

viernes, 17 de abril de 2015

¡Qué brazos más fuertes tienes!

Esto es algo que he escrito recientemente para mi nueva novela: Contracorriente (escenas de poliamor)

Cuando entraron se encontraron a Beatriz bailando una danza frenética en medio de la mazmorra. Se había quitado el antifaz, había cogido un azote formado por dos correas de cuero y se dedicaba a pegarse con él por todo el cuerpo, insultándose con furia con cada golpe.

-¡Tonta! ¡Asquerosa! ¡Imbécil! ¡Cochina!

Julio se quedó mirándola consternado. ¡Joder! ¡Esta tía está como un cencerro!

Cecilia, sin embargo, no se dejó paralizar por la sorpresa. Se fue derecha a Beatriz y le sujetó la mano que blandía las correas.

-¡Pero bueno! ¿A ti qué coño te pasa?

Beatriz se quedó parada de repente, pero sin hacerle el menor caso a Cecilia. Lo miraba a él directamente.

-¡Guau! ¡Tu chico es muy guapo!

Decidió que debía hacer algo. Se acercó a ellas en un par de zancadas. Cecilia había agarrado a Beatriz con una mano en la cara y la forzaba a mirarla.

-¡Deja de mirarlo! Se supone que no deberías vernos hasta que te diéramos permiso. ¿Por qué te has quitado el antifaz?

-¡Ay, perdona! S-s-s-se me ha escapado… ¡Es que es muy guapo, de verdad! … T-t-t-tú también eres muy guapa… Martina ha sido muy buena conmigo, al dejarme jugar con vosotros… ¡Por favor! -Dijo con un súbito quiebro en la voz-. ¡Por favor! ¡No me echéis! ¡Prometo ser buena! ¡Haré todo lo que queráis!

Beatriz se desmoronó de rodillas. Cecilia se acuclilló a su lado.

-¿Ah, sí? ¡Pues no estás siendo nada buena! Te has quitado el antifaz sin permiso y te estabas pegando… ¿Lo has hecho antes? ¿Lo sabe Martina?

-Sí… -sollozó Beatriz-. Se enfada mucho conmigo cuando lo hago… Y me castiga. ¡Por favor, no se lo digas!

-¡Pues claro que se lo voy a decir! Y además te vamos a castigar nosotros.

-¿Sí? ¿Qué me vais a hacer? -dijo en tono incierto.

Julio encontraba toda esa conversación extrañamente infantil. No sabía hasta qué punto Beatriz hablaba en serio o era todo una especie de juego. La rabia con la que se pegaba cuando entraron parecía muy real, desde luego. Decidió seguirle la corriente, como hacía Cecilia.

-¡Por lo pronto, te voy a poner el culo como un tomate! -anunció.

Beatriz le dedicó una sonrisa beatífica.

-¡Ay, sí! ¡Qué bien!

-¿Qué bien? ¡A ver si dices lo mismo dentro de un rato!

-Julio tiene la mano muy dura -la advirtió Cecilia.

-Todo lo que tú me hagas me encantará -le dijo mirándolo embelesada.

Sin el antifaz, Beatriz parecía aún más joven e inocente. Debía tener la misma edad que Malena, puede que incluso menos. Había algo en sus gestos, en su forma de hablar, que resultaba muy extraño. Esa súbita adoración que parecía sentir por él no era nada normal, desde luego. Pero él ya estaba harto de que lo acusaran de tener demasiados escrúpulos. Además, le estaban entrando unas ganas locas de darle una tunda a esa mequetrefe.

-Pues vamos a ver lo que tardo en hacerte cambiar de opinión.

La levantó del suelo de un tirón. La obligó a inclinarse hacia su espalda, rodeándole las caderas con el brazo izquierdo, levantándola hasta que tuvo que estirar las piernas para poder apoyar los dedos de los pies en el suelo. Eso dejó su traserito completamente a tiro de su mano derecha, como si fuera un bombo. Le dio dos fuertes cachetes, uno en cada nalga. Beatriz se rio.

Cecilia, plantada delante de él, asintió con aprobación.

-Bueno, mientras que vosotros os divertís será mejor que ordene el desbarajuste que ha organizado ésta.

Julio reparó por primera vez en que todo el contenido de una estantería estaba esparcido por el suelo: dildos, tapones anales, y toda una serie de ataduras de cuero.

-¡Será gamberra! -masculló, y le dio otro par de fuertes azotes. Beatriz dio un gritito, luego se volvió a reír.

Empezó a picarse de ser incapaz de inspirarle miedo a esa pequeña mequetrefe. Levantando bien la mano en el aire, le dio una serie de sus mejores azotes, alternando de una nalga a otra. Los gritos de Beatriz pasaron de sonar divertidos a genuinos.

-¡Ya está bien de cachondeo, joder! -dijo tomándose un respiro momentario.

-¡Qué brazos más fuertes tienes! ¡Me encantan! -dijo Beatriz, acariciándole el brazo con el que la sujetaba contra su cadera.

-¡Son para pegarte mejor, Caperucita!

Cecilia soltó una carcajada desde donde se encontraba colocando objetos en la estantería.

¡Qué demonios, si ella se lo pasa bien, yo también! Dijo para sí, reanudando la azotaina.

Beatriz reaccionaba de una manera preciosa a los azotes, frotándose las piernas, dando pataditas, cruzando los pies, levantándolos en el aire, al tiempo que profería gritos y quejidos de lo más sexy. Su pompis había adquirido ya un precioso tono rosa oscuro; podía sentir el calor que desprendía con cada impacto de su mano.

-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Joder, qué pasadaaa! -gritaba Beatriz.

Cecilia se le acercó con un par de muñequeras y tobilleras de cuero en cada mano.

-Tampoco te pases, Julio -musitó.

Le dio un par de cachetes más y la enderezó. Para su sorpresa, había lágrimas en sus mejillas. Beatriz se puso a bailar una danza de dolor, frotándose las nalgas con las manos.

-¡Ay mi culito! ¡Cómo me duele!

Julio sintió su verga endurecerse aún más.

-¡Ven aquí, anda! -Le dijo, conduciéndola a uno de los taburetes. La sentó en su regazo, como antes, acariciándole el pompis. Estaba suave como la seda, caliente como una estufa. Con el nudillo de la otra mano le quitó una lagrima de la mejilla.

-¿Ves como sí que pego fuerte? Pórtate bien, si no quieres recibir más.

Beatriz le rodeó el cuello con los brazos y se arrebujó más contra él. Echó la cabeza hacia atrás y, antes de que se diera cuenta, lo estaba besando. La agarró del pelo, pensando quitársela de encima, cuando se dio cuenta de lo dulce que era su boca. Le apresaba los labios entre los suyos y luego entreabría la boca, invitando su lengua a entrar. Julio la besó un buen rato, sin dejar de acariciar el trasero que se había trabajado tan bien. Entreabriendo los ojos, vio a Cecilia sentada en sus talones frente a ellos, mirándolos con ojos lastimeros.

-Está surtiendo efecto, eso de darme envidia -observó.

domingo, 12 de abril de 2015

En defensa de la infidelidad


Aunque las estadísticas sobre la prevalencia de la infidelidad arrojan resultados muy variados (entre el 25% y el 60% de casos de infidelidad durante la duración de un matrimonio), todo el mundo parece estar de acuerdo que va en aumento en los países occidentales. ¿Es esto una completa calamidad o sólo un síntoma de la desintegración de la normativa monógama? A juzgar por lo que leo en FetLife.com, parece que muchos de los que practican el poliamor, al tiempo que critican la exclusividad sexual, son muy moralistas en lo que se refiere a la infidelidad. Como los conservadores, tienden a ver la infidelidad como la traición a una promesa sagrada. Según ellos, si una persona está insatisfecha sexualmente en su pareja, sólo le cabe tres opciones moralmente aceptables: 1) aguantarse, 2) negociar una relación abierta, 3) abandonar la relación. La infidelidad presenta una cuarta opción que creo que puede ser moralmente aceptable en algunos casos.

La idea fundamental en la que se debe basar la ética sexual es la autonomía personal. Se basa en el instinto inherente en todos los seres vivos de proteger la integridad de su organismo y cumplir sus funciones biológicas básicas. En los seres humanos, esto se traduce en la idea de que mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero, siempre que no dañe la autonomía personal de otra persona. En un plano negativo, esto tiene la consecuencia de que nadie tiene derecho a usar mi cuerpo contra mis deseos, lo que hace que sean inmorales la violación, el abuso sexual y otras formas de sexo no consentido. Sin embargo, la autonomía personal también debe interpretarse en un plano positivo, lo que significa entre otras cosas que cada cual tiene derecho a su satisfacción sexual (de nuevo, siempre que no viole la autonomía personal de otros). Por lo tanto, la represión sexual también viola la autonomía personal y debe ser considerada una forma de maltrato. Al contrario de lo que dice alguna gente, el sexo con alguien fuera de la pareja no es un acto no consentido porque no daña la autonomía personal de la persona a la que se es infiel. Lo que sí viola es un acuerdo en el que dos personas se han comprometido a ser sexualmente exclusivos. Sin embargo, romper un acuerdo me parece una ofensa mucho menor que el dañar la autonomía personal (como ocurre en la violación). Es importante darse cuenta de que este acuerdo de exclusividad sexual en realidad implica renunciar a una porción considerable de nuestra autonomía personal: antes podía tener relaciones sexuales con quien quisiera tenerlas conmigo, y ahora esto constreñido a una sola persona. Por lo tanto, cualquier forma de coacción en establecer este acuerdo de exclusividad sexual nos debería resultar inaceptable.

Vivimos en una sociedad que impone la monogamia. De hecho, en muchos países del mundo la no-monogamia se castiga con la muerte. Y hasta las sociedades occidentales más abiertas ejercen una presión considerable a favor de la monogamia, usando diferentes sanciones legales, económicas y culturales. Encima, a menudo éstas sanciones van injustamente dirigidas más hacia las mujeres que hacia los hombres. Por esa razón, no podemos considerar al acuerdo de exclusividad sexual implícito en el matrimonio como algo aceptado libremente, sino como algo hecho bajo la presión de un entorno coercitivo. En la práctica, esto significa que se nos ofrece dos únicas opciones: una relación monógama o quedarnos solos. A casi nadie se le plantea la opción entre una relación abierta y otra con exclusividad sexual; la monogamia se asume por defecto. Recordemos que un acuerdo hecho bajo presión no es moralmente vinculante.

Consideremos ahora las tres opciones que se le ofrecen a una persona que está sexualmente insatisfecha con su pareja. La primera era aguantarse. En la antigua cultura sexualmente represiva esto ni se cuestionaba. El sexo era considerado como algo superfluo, innecesario para la felicidad de una persona decente (especialmente si era mujer). Pero la nueva cultura sexo-positiva ha cambiado esa perspectiva, proponiendo que es inaceptable para una persona vivir privada sexualmente. Esto no sólo concierne al sexo en general, sino también a las sexualidades alternativas como el BDSM. Si yo soy kinky y mi pareja no lo es, tengo derecho a hacer algo para solucionarlo. Aguantarse ha dejado de ser una opción tolerable.

La segunda opción sería la de negociar una relación abierta. Sin embargo, esto es considerablemente difícil. No olvidemos que todavía las relaciones abiertas o de poliamor son muy infrecuentes. Proponerle una relación abierta a una pareja obcecada en la mentalidad monógama no es solo fútil, es estúpido. Lo único que conseguiremos es que inmediatamente nos considere sospechosos de querer ponerle los cuernos.

La tercera opción es romper la relación. Resulta sorprendente la facilidad con la que mucha gente propone esto … ¡Cómo si romper fuera fácil y no entrañara ningún sufrimiento! Más bien, es lo contrario: la mayor parte de las veces esta opción es la menos deseable de todas. Vivimos en una sociedad que le otorga una gran cantidad de poder a la institución del matrimonio, sea como poder económico (ahorros compartidos, hipotecas, impuestos, etc.), sea como facilidades de vida (vivienda común, distribución del trabajo, cuidado de los hijos, etc.). Eso hace que romper no sea una simple cuestión de cancelar una relación sexual y emocional, sino algo que desbarajusta por completo nuestra vida, resultando casi siempre en una disminución de nuestra calidad de vida. El divorcio es fácil cuando eres rico pero ruinoso si eres pobre. Y claro, también están los hijos, a los que probablemente les importe más bien poco si uno de los padres es ocasionalmente infiel, pero para quienes el divorcio tiene consecuencias devastadoras.

Todo esto no quiere decir que condone la infidelidad, sino proponer es un tema sumamente complejo que no se presta a juicios fáciles. Si hay algo que está claro es que hace falta desdramatizarla. Al contrario de lo que leemos en las novelas y vemos en la tele, no vale la pena matar a nadie por eso. A menudo, ni siquiera vale la pena dejar a la persona a la que quieres por una infidelidad. El sexo es sólo sexo, no exageremos lo que significa atribuyéndole un montón de contenidos místicos: “ha dejado de quererme”, “es una persona sin palabra”, “si es capaz de hacer eso, es capaz de cualquier cosa”, “ha traicionado lo más íntimo de nuestra relación”. Sí, en algunos casos ser infiel es algo ruin, que implica traicionar la confianza y falta de honestidad. Pero en otros casos no es más que la menos mala de un abanico de malas opciones. Como, por ejemplo, en el caso de una mujer que se ha vuelto económicamente dependiente de su marido al dejar su carrera para tener hijos, y al cabo de los años se encuentra con que él ya no quiere tener relaciones sexuales con ella.

Desde un punto de vista sexo-positivo y no-monógamo, deberíamos apreciar el elemento de rebelión contra el orden establecido que conlleva la infidelidad. Sí, la persona a la que se es infiel sufre, pero parte de la culpa de ese sufrimiento la tiene el haber aceptado la normativa monógama. Porque es esa normativa la que lo ha convencido de que el que te sean infiel es ¡oh, una cosa tan terrible! Tampoco olvidemos que la normativa de exclusividad sexual crea un desequilibrio de poder a favor del miembro de la pareja que es sexualmente represivo y en contra del que ansía más libertad sexual. En un mundo ideal podríamos ser poliamorosos si lo deseáramos, pero en realidad ésa es una opción reservada para unos pocos. Así que no juzguemos a quien tiene que recurrir a opciones menos aceptables.